Opinión
Esos hombres que hacen cola
Lo que ocurre con las mujeres prostituidas nos interpela a todas, porque lo que se normaliza es que las mujeres, todas, como concepto, pueden ser objeto de transacción

Imágenes de puteros en el entorno de la calle Viana. / ED
La denuncia vecinal en el barrio de Velluters sobre colas de hombres esperando en la calle para explotar sexualmente a mujeres en algún piso-burdel de la zona ha devuelto a primera línea el debate sobre cómo abordar la prostitución en las ciudades. Es un debate tan necesario como, lamentablemente, sometido a intereses partidistas y rifirrafe de vuelo corto.
En el centro de la reflexión están ellas, las mujeres víctimas de un sistema prostitucional que, avanzado el siglo XXI y en un país supuestamente moderno como España, siguen sin ser reconocidas como sujetos de derechos. Tratadas como mercancía, como objetos de usar y tirar, de golpear, cuando no de matar. Lo que ocurre con las mujeres prostituidas nos interpela a todas, porque cuando el mensaje que se traslada es que los hombres pueden pagar por estar con mujeres que no les desean, pero que necesitan el dinero, lo que se normaliza es que las mujeres, todas, como concepto, pueden ser objeto de transacción.
Ese mensaje convierte sus cuerpos en cosas sin alma de las que abusar sin siquiera esconderse. Pero el debate también se centra en ellos, en los hombres: en quienes hacen cola, reales o imaginarias, o en quienes se ocultan en los prostíbulos, en quienes compran sexo por internet y explotan sin el menor examen de conciencia.
Esta cuestión interpela igualmente a los hombres que mantienen relaciones sanas y respetuosas con las mujeres. Porque a ellos, la normalización de la prostitución como una forma de ocio masculina, también les afecta o al menos debería afectarles, especialmente a niños y adolescentes que crecen con un modelo dañino.
Luchar contra el proxenetismo y contra la industria del sexo es complejo y excede de las competencias municipales o autonómicas. Pero eso no puede ser la excusa para no hacer nada. Hay margen para señalar con claridad a los prostituidores: identificarles, mandarles las multas a casa e incluso llegado el caso, publicar sus sanciones en el boletín oficial correspondiente. Si el PP de Maria José Catalá amaga con un reglamento de corte abolicionista en la línea de trabajo del PSPV de Bernabé, no hay otra que aprovechar la ocasión y remar en ese sentido. Las mujeres, todas, las prostituidas y las que lo son potencialmente en la mente de los prostituidores, solo saldrán ganando si el debate se traduce en medidas valientes contra la industria del sexo y no quedan al acecho de esos hombres que hacen cola.
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