Opinión | En el barro
En mi barrio no se habla de otra cosa
Los silencios son semilla para los bulos Entre rumores se reproducen el miedo y el odio. Debería ser posible otro abordaje de la seguridad. Regalar el discurso es favorecer la expansión de racismo y confrontación. Mejor que lamentarse en moquetas es bajar a la calle

Rufián, Santaolalla y Emilio Delgado, en el acto de esta semana en Madrid. / Efe
En mi barrio no se habla de otra cosa desde hace diez días: la agresión a una mujer de 70 años en la calle durante una mañana. “La tiraron al suelo, la patearon, le dieron golpes en la cabeza”, cuenta un vecino que ha estado con ella en su casa tras el suceso. Al parecer, querían robarle y no llevaba nada. Se ha extendido que los autores han sido menores extranjeros (menas es la palabra que los deja sin identidad), eso dijeron algunos testigos, y que no les ha caído ni les va a caer ninguna responsabilidad.
En el muro del barrio en las redes sociales, el suceso es tema casi único desde hace días. En el grupo de Whatsapp del barrio han pedido incluso patrullas vecinales para protegerse e identificar a posibles agresores.
Los hechos sucedieron al lado de una zona degradada con casas okupadas, viviendas que quedaron sin rematar en la última gran crisis y donde desde entonces hay de todo entre muros sin condiciones. Hay también una precariedad institucionalizada: mendigos que cada mañana salen con sus perros hacia el centro de la ciudad, aparcacoches a cambio de unas monedas, buscatesoros en contenedores de basura e incluso alguna familia con niños escolarizados.
La asociación de vecinos ha acudido a la policía, ha trasmitido la inquietud por la seguridad en el barrio y ha conseguido una reunión en el instituto de Secundaria con responsables de Policía Nacional y Local.
Yo he intentado recabar la información oficial sobre el suceso. Poca cosa. “Se está investigando y en contacto permanente con la señora. No hay detenidos”. Punto.
El asunto lo ha llevado Vox esta semana a las Corts, porque en ese caldo hierve la ambrosía que multiplica los votos de la ultraderecha. “Dos magrebíes apalizan a una mujer a las once de la mañana en plena calle. Deberían ser deportados hoy mismo”, clama un diputado. El portavoz del grupo exige la repatriación de ilegales para “preservar nuestra identidad” (él la debe tener muy clara) y evitar cualquier “reemplazo”.
Demasiados ‘alpareceres’. Demasiadas lagunas. En todos esos vacíos y sospechas germinan el odio y los prejuicios, esa violencia en potencia tan de estos tiempos. Esa pendiente ya sabemos en qué tipo de lodazal acaba.
¿Por qué tener unas calles más seguras y que los niños puedan estar tranquilos en las plazas no puede estar en la agenda de la izquierda?
Lo único que me ha interesado del bautismo civil de una posible nueva izquierda reunida esta semana es la invocación a recuperar debates regalados a la ultraderecha. Uno de ellos es el de la seguridad. ¿Por qué tener unas calles más seguras y que los niños puedan estar tranquilos en las plazas (algo así decía Emilio Delgado) no puede estar en la agenda de la izquierda? Debería estarlo. Por la experiencia del caso de mi barrio, creo que la base es transparencia, datos fehacientes y rapidez de actuación e información. Los silencios son semilla para los bulos y entre rumores se reproducen el miedo y el odio. Debería ser posible otro abordaje de la seguridad. Regalar el discurso es favorecer la expansión de racismo y confrontación. Mejor que lamentarse en moquetas es bajar a la calle.

Una foto de mi barrio / Levante-EMV
En mi barrio colisionan la ciudad de las torres de los burgueses de última generación y la huerta de siglos. Otro de esos debates donde los radicales cabalgan a sus anchas es el del campo. En el banco delante de casa ha aparecido una pintada nueva: “Estima l’horta. Odia Mercosur”. Fácil de entender. Es esta dinámica de blancos y negros que prospera en estos tiempos: evita pensar y te sitúa rápidamente en el lado bueno del mundo frente a los otros, los villanos. Como ser del Barça o del Madrid. Del Valencia o del Levante. Y deberían ser posibles los matices. Lo demás es hooliganismo. Es verdad que la desconfianza del campo con todo lo que viene de Europa tiene motivos, pero la realidad es que se puede estimar la huerta y estimar Mercosur, porque este tiene mecanismos de protección de los productos de aquí y cláusulas de salvaguarda. Y porque sitúa a Europa en el mundo en un momento convulso y lleno de peligros. Y eso debería ser bueno también de alguna manera para la huerta.
Ni respirar ni pensar. Eso es lo que buscan los radicales (unos y otros) y esa debería la primera línea de resistencia. Poder pensar
Tengo una semana extraña. Incluso he empatizado con uno de los agitadores mediáticos de la ultraderecha cuando en el acto de lanzamiento de esa posible nueva izquierda, la presentadora lo llamó “pedazo de fascista de mierda”. “¿Por qué yo puedo aguantar esta basura y otros no?”, contestó en redes el habitual insultador y provocador. Pues sí. Con basura de un bando y de otro nos quedará un estercolero prodigioso.
Es ese mismo clima frentista y de extremos que se extiende como una plaga y que no deja respirar. Tampoco en mi barrio. Ni respirar ni pensar. Eso es lo que buscan los radicales (unos y otros) y esa debería la primera línea de resistencia. Poder pensar es la trinchera.
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