Opinión
Rivalidad sí, insultos no

Un aficionado del Joventut y otro del Valencia Basket el pasado jueves antes de la semifinal de la Copa del Rey / Francisco Calabuig
Da gusto ver cómo se comportan los aficionados al baloncesto dentro y fuera de la cancha. Ni un solo insulto ni menosprecio al rival. Ni tampoco al árbitro, aunque no se comparta su decisión. Todo un ejemplo a exportar en una época en la que , hasta en la cola del pan, se discute por si uno va antes que otro.
La convivencia entre aficiones sigue siendo un termómetro del clima social que rodea al deporte. En teoría, debería unir bajo una misma pasión; en la práctica, no siempre ocurre así. El contraste entre lo vivido en el derbi disputado en el Ciutat de València y la fiesta de la Copa del Rey de baloncesto vuelve a poner el tema sobre la mesa. La rivalidad añade emoción, es cierto, pero no es necesario que, como ocurrió en el Levante UD -Valencia CF esta derive en insultos, descalificaciones y un ambiente crispado tanto dentro como fuera del estadio. Porque el problema no es la rivalidad en sí —que forma parte de la esencia del deporte— sino el desprecio y la normalización del insulto desde las gradas. En un derbi de la germanor, no se deben aceptar los insultos que recibió Pepelu -porque como cualquier profesional veló por sus intereses económicos cuando decidió cambiar de equipo- ni los cánticos que los aficionados del valencia lanzaron hacia los futbolistas y aficionados del Levante UD.

José Manuel López
Frente a esto, el baloncesto ofrece una imagen bastante distinta, especialmente durante la Copa del Rey. Ocho aficiones alrededor del Roig Arena -incluso seguidores de otros equipos que compraron la entrada con antelación pensando que su equipo estaría y al final no se clasificó- compartiendo bromas, bares, espacios de ocio y cancha en un ambiente festivo y nada hostil. Disfrutando.
No se trata de idealizar un deporte y demonizar otro. También existen incidentes en el baloncesto -por ejemplo lo vivido por el Valencia Basket contra el Maccabi- y ejemplos positivos en el fútbol. Pero sí conviene preguntarse qué factores influyen en estas diferencias: el tamaño de los pabellones, la tradición cultural de cada deporte, la educación en valores deportivos o el papel de clubes e instituciones en la promoción del respeto.
Quizá, de estos días en València, el mayor aprendizaje sea que la rivalidad no está reñida con la convivencia. Que animar con pasión no exige insultar, y defender unos colores no implica despreciar al rival. Cuando las aficiones entienden esto, el deporte recupera su dimensión más valiosa: la de un espacio común donde competir, disfrutar y compartir emociones sin convertir al adversario en enemigo.
El reto no es eliminar la rivalidad sino civilizarla. Porque cuando el deporte se vive como fiesta compartida todos ganan: clubes, aficionados y el espectáculo. Y quizás ese sea el modelo hacia el que se debería caminar.
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