Opinión | Algo personal
Nuestros exilios
Llevo más de veinte años viviendo de cerca el exilio republicano español en Francia. Desde que llegué la primera vez a Grenoble, Montpellier, Toulouse, Burdeos y tantos otros sitios con mi novela 'Maquis' bajo el brazo, y después de haber leído tanto a Max Aub, supe que nadie regresa nunca de ningún exilio.

Felicitación 2026 de la Association Memoria Andando. / Levante-EMV
No recuerdo cuándo y dónde nos encontramos la primera vez. Igual hace más de veinte años, cuando mi novela 'Maquis' inició su andadura por toda Francia. Los libros te abren las puertas de los sitios y descubres que, como escribía César Vallejo, los sitios no son nada hasta que se llenan de vida. Pero fuera donde fuera, siempre estaba ahí Jean Vaz.
Seguramente fue en Toulouse. El mundo libertario de nuestra ciudad roja: por el color de sus casas y por la memoria del exilio republicano después de la victoria fascista de 1939. Me había invitado el Centre Toulousain de Documentation sur l’Exile Espagnol (CTDEE). Desde entonces nunca dejamos de sentirnos cerca. Nunca faltaba a la cita en cualquier parte de su país al que yo acudía siempre por motivos literarios. Digo de su país y es como si estuviera hablando del mío, de aquel país hundido por el franquismo y que él y tanta otra gente convirtieron en memoria viva republicana y libertaria.

Jean Vaz. / Levante-EMV
Su madre nació en Francia, se llamaba María Luisa Aransáez Pellón y era hija de las migraciones económicas españolas de los años veinte del pasado siglo. El nombre del padre era Silvestre Vaz Gallego y había cruzado la frontera francesa cuando la Retirada en el invierno de 1939. Campos de concentración esperaban al otro lado. Las crueles condiciones de los campos. Nunca se me va de la cabeza esa extensión muerta de la playa en Argelés. Ahora hay en esa lengua de arena interminable una exposición del Memorial del Campo de Argelés, uno de los más activos con Olga Arcos y las magníficas iniciativas de la asociación FFREEE (Hijos e Hijas de Republicanos Españoles e Hijos del Éxodo). Allí los huecos excavados en la arena para protegerse del frío, el destino que esperaba a Silvestre y a quienes como él buscaban un sitio para vivir nadie sabía entonces si con la mirada puesta en el regreso.
El departamento minero de Aveyron. Una pequeña ciudad: Decazeville. Allí nacería Jean en 1941. Herencia libertaria. La energía que le salía cuando hablaba de esa herencia irrenunciable, del exilio de su familia y tantas otras familias de la derrota pero nunca del olvido. Las conozco. Conozco a esas familias. Las veces que estuve en Toulouse con la entusiasta militancia libertaria de CTDEE y esa mujer siempre llena de un activismo admirable que es Placer Thibon. Hace poco, en un resumen del año que me hacen llegar mis amigos bretones de MERE29 (Memoria del Exilio Republicano Español), supe de la muerte de Jean. La ciudad de Brest, el Finisterre francés: la resistencia que nunca fue silenciada. El día en que lloré como un crío agradecido cuando, desde un pequeño escenario en la Universidad, Jean Sala, Hugues, Claudine, Iván y el resto del grupo me nombraban Presidente de Honor de su incansable colectivo memorialista. Una fotografía donde aparecía Jean en una de sus visitas a Brest ilustraba la triste noticia de su muerte. Una vez más, la memoria republicana española del exilio se llenaba de tristeza. También la pérdida y la tristeza -aunque tanto nos duelan- forman parte de la vida.

Tumba de Antonio Machado en Collioure. / Tierrassinlimites
En Decazeville había creado la Asociación Memoria Andando (Mémoire en marche). De las profundidades mineras de Aveyron surgían las raíces de clase que siempre alimentaron los sueños de Silvestre y María Luisa. Los mismos que heredarían su hijo y tanta otra gente que siempre anduvo con la palabra en la boca y nunca callada, incluso en esa edad tranquila que podría tomarse un descanso con la mirada perdida en la añoranza.
Llevo más de veinte años viviendo de cerca el exilio republicano español en Francia. Desde que llegué la primera vez a Grenoble, Montpellier, Toulouse, Burdeos y tantos otros sitios con mi novela 'Maquis' bajo el brazo, y después de haber leído tanto a Max Aub, supe que nadie regresa nunca de ningún exilio. Que los sitios de donde sales y a los que llegas se quedan en esa nebulosa opaca de unas vidas que se niegan al olvido. Y lo que tampoco olvidan y tanta rabia les provoca: cuando murió el dictador lo que llegó a España no fue la República que ellos esperaban, sino una Monarquía heredada de la propia dictadura. De eso hablaba con Jean Vaz en cada uno de nuestros encuentros. La fuerza de su entusiasmo libertario. La sonrisa luminosa en un rostro que a veces me parecía el de un luchador nunca dispuesto a bajar la guardia frente a los desmanes de la desmemoria. La seguridad de que el tiempo puede acabar con nosotros pero nunca con la palabra que desvela la villanía de la barbarie fascista, una villanía que ahora regresa para seguir en democracia, como el más cruel de los sarcasmos, las despreciables huellas de la infamia.

Paneles expositivos en la playa de Argelés sur Mer. / Levante-EMV
Me escribió Jean, como siempre, para felicitarme el nuevo año: "Belle et heureuse nouvelle année!", había escrito dentro de la bandera de la República española. Esta vez fue el pasado 24 de diciembre. Murió cuatro días después. Precisamente este domingo -organizada por la Fundación Antonio Machado que preside Joëlle Santa-Garcia- se celebra en Collioure la Jornada anual de homenaje al poeta. Un orgullo para mí formar parte del Jurado del Premio Internacional de Literatura Antonio Machado que preside el profesor Manuel Aznar Soler y será entregado hoy antes del acto -siempre tan masivo como emocionante- en la tumba francesa del poeta. Donde debe estar. Esta columna, tal vez más que nunca y con el nombre de Jean Vaz en el recuerdo, es mi personal homenaje a quienes en sus exilios, que son también los nuestros, jamás olvidaron la dignidad republicana y los horrores del fascismo. Nunca se irán de mi memoria. Nunca.
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