Opinión | El día del señor
Hobbit

Reconstrucción de un padre neandertal y su hija. / Tom Bjorklund.MPG.
No hace tanto los periódicos traían noticia de un remoto archipiélago donde un grupo de indígenas de unas cincuenta personas no querían ser descubiertos, pues el extraño murió alanceado al violar un santuario o algo parecido. Lugar: isla North Sentinel. Victima: hombre joven caucásico, o sea blanco, y tal vez, misionero mormón.
El paleoantropólogo, Ludovic Slimak, es especialista en la posible conducta de los últimos neandertales que cayeron geográficamente más abajo, por la latitud de Cádiz o Palermo, y aunque para ellos era fácil usar el valle del Ródano para ir subiendo evitaron el contacto con pequeños grupos de neandertales hasta que desaparecieron entre 110.000 y 60.000 de nuestra cronología. Vamos que vaciaron Europa, algo que me parece poco probable si sales a las calles de Valencia y ves que el municipio está que lo peta.
Es cierto que los paleontólogos suelen hacer enunciados que parecen más literatura fantástica que hechos comprobables.
Me ha estremecido el titular de El País: “Los humanos desaparecen porque sus valores se han venido abajo”. La aseveración me ha llenado el alma de melancolía. Humanos que han tenido más interés en ocultarse que en farolear. En esconderse en el bosque que en bailar en un claro de luna. Slimak considera que “ellos eran felices en sus pequeños valles. No querían explorar el mundo ni propagar sus genes”. Con todo respeto: es mucho suponer, pero eso puede haber ocurrido muchas veces y en todo caso humanizar lo que es humano no suele ser mala idea.
Por cierto, uno de los últimos indios de California iba desnudo o cubierto de flechas y aljaba. Se llamaba Ishi y, según el periodista entrevistador, era un indio yahi ¿No sería yaqui como don Juan? El caso es que el yaqui reclama borrar la biografía y todo lo demás que aconseja su filosofía, la del yaqui.
Volviendo a los neandertales “para mi está claro que estos humanos se derrumbaron sobre si mismos”, dice Slimac. Al parecer, murieron aburridos por el mismo repertorio, por poca imaginación: un motivo tan invocado como una apisonadora. Por Vaucluse encontraron un cuerpo como el de un niño de siete años, pero todos sus rasgos eran los de un adulto. Como el hobbit de la isla de Flores, sí.
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