Opinión | El Garbell
La Copa, ejemplo y espectáculo

Valencia Basket-Real Madrid / Francisco Calabuig
Cuando este periódico me envió a cubrir mi primera Copa del Rey de baloncesto, en Valladolid, ni siquiera tenía un chaquetón acorde a las gélidas temperaturas que me esperaban. Tomé prestado el de mi madre. Un abrigo de excelente calidad, muy holgado, que ahora llamaríamos ‘oversize’. Hay prendas de ropa que evocan un momento feliz, un viaje de juventud, una vivencia inolvidable… Tal vez por ello, cuando pienso en la mágica tarde de febrero de hace veintiocho años, en el pabellón Pisuerga, siempre recuerdo aquel paño azul. Después, como una cascada, llegan otras imágenes imborrables. Irrepetibles. ¡Aquella atrevida apuesta inicial de Miki Vukovic; aquella exhibición de un jovencísimo Nacho Rodilla; aquella celebración pospartido entre la realidad y la ensoñación…!
Este sábado, antes del partido contra el Real Madrid, busqué en youtube la final contra el Festina Joventut. Le di a la tecla y reparé en detalles que ese 2 de febrero de 1998 me pasaron desapercibidos. Disfruté de la gesta sin los nervios que me atenazaron entonces. Confieso que no pude evitar una cierta nostalgia. Sobre todo al ver, de nuevo, las caras de personas ahora ausentes. El Pamesa Valencia, con el que tres años antes había experimentado el drama del descenso en Huesca, se proclamaba campeón del torneo más vibrante, efervescente e imprevisible que conozco. Una competición mágica en la que cualquier desenlace es posible, en la que la euforia puede convertirse en abatimiento en un segundo y, al revés. Pura adrenalina.
Con todo, la grandeza del evento que ha acogido València va más alla de lo que sucede en la pista. Es su particular idiosincrasia la que te engancha. En cuatro días, ocho aficiones se citan bajo un mismo techo en una clara demostración de que la rivalidad no está reñida con el componente festivo. Un ejemplo de civismo y respeto del que tomar nota cuando la asfixiante polarización todo lo impregna. Ese ambiente que irradia la gran cita de la canasta volví a percibirlo el jueves, el primer día, al acercarme a l’Alqueria a ejercer de madre taxista. A la vuelta de la esquina, las luces del Roig Arena atrapaban como un imán. Imposible despegar la mirada. Regresé mentalmente a ediciones pasadas y las sensaciones fueron las mismas. Qué suerte poder vivir un espectáculo así. Las imágenes de estos días, los marcadores históricos, las jugadas de infarto, los homenajes a jugadores míticos, la presencia de ilustres veteranos, la disputa de la minicopa, la alegría del vencedor o la camaradería en las gradas… hacen que me reafirme. El baloncesto es el deporte más emocionante y la Copa del Rey, el torneo por excelencia. Un valor seguro para la ciudad que resulte agraciada con su organización, porque es un escaparate que trasciende fronteras. Repetir en el coloso valenciano en 2027 es la mejor noticia posible. Sin duda.
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