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El precipicio valenciano

En Valencia, una guerra fratricida entre el centroderecha -PPCV- y la extrema derecha -Vox- puede costarle escaños clave deteriorando la mayoría alcanzada en mayo de 2023

Un ciudadano ejerce su derecho en las urnas.

Un ciudadano ejerce su derecho en las urnas. / Efe

Las elecciones anticipadas en Extremadura y Aragón han sido un terremoto político cuyas ondas expansivas alcanzan la Comunitat Valenciana. El PP con victorias menguantes, el PSOE pulverizado y Vox erigiéndose en árbitro supremo: ese es el patrón que las urnas han impuesto, contradiciendo los sondeos preelectorales complacientes. Veremos en poco sí se repite en Castila y León consolidando tendencia. Pero en Valencia el tablero se complica con una fragmentación letal del voto en la Derecha -PPCV y Vox-, una Izquierda más resistente -PSPV y Compromís-, y un desgaste que el centroderecha valenciano -el PPCV- afronta en solitario.

El patrón electoral español inducido por los estudios demoscópicos es conocido: el PP y el PSOE obligados a pactar con otros partidos; el PSOE ya lo hace… el PP depende… y a Vox le ha funcionado la salida de los gobiernos autonómicos para convertirse en el “perejil de todas las salsas” autonómicas. En Extremadura, el 21 de diciembre de 2025, María Guardiola revalidó su mayoría con 29 escaños y un 38 % de los votos, apenas un diputado más que en 2023 y lejos de la mayoría absoluta que algunos auguraban. El PSOE se hundió a 18 actas, perdiendo más de 10 puntos, mientras Vox triplicó su representación de 5 a 11 escaños, convirtiéndose en el socio indispensable.

En Aragón, el 8 de febrero de 2026, repitió el guion amargo: Jorge Azcón perdió dos escaños (26 totales, 30% del voto), el PSOE tocó mínimos históricos con 18 diputados y Vox duplicó a 14, rozando el 18% y dictando su voluntad en la investidura. Ambos adelantos, pensados para "limpiar" la dependencia de Vox, resultaron en un PP más atado que nunca al socio tóxico e incómodo. Estos resultados chocan frontalmente con las estimaciones demoscópicas previas, que pintaban al PP rozando el 40% y mayorías holgadas. La realidad impuso abstención masiva en la izquierda y un voto duro que cebó a Vox.

La Comunitat Valenciana eleva el riesgo al cubo. A diferencia del PP en Aragón, el PPCV compite en un espacio hipertensionado: Vox ha enraizado en Alicante y Valencia ciudad, mordiendo clases medias urbanas que eran coto popular. No hay suma aritmética perfecta; hay trasvase neto hacia Vox desde el PPCV que no compensa la pérdida del bloque conjunto. En Aragón, el PP pierde poco y lidera; en Valencia, una guerra fratricida entre el centroderecha -PPCV- y la extrema derecha -Vox- pueden costarle escaños clave deteriorando la mayoría alcanzada en mayo de 2023.

Efectivamente, el PPCV gobierna en solitario desde julio de 2024 con la muleta de Vox que acecha amenazante desde el hemiciclo de las Cortes Valencianas. Temas como inmigración, vivienda, inseguridad, o el valenciano en aulas, castigan al partido que preside el Consell mientras Vox crece gratis como voto protesta; es el “voto de los cabreados”. La DANA de 2024 aún pesa: los populares valencianos asumen el varapalo institucional solos, con los voxistas “contemplando los toros desde la Barrera”. Nunca mejor dicho.

Otra diferencia significativa con el escenario extremeño y aragonés, es que la Izquierda valenciana es un muro más sólido. Aquí radica una diferencia capital. En Aragón, la Izquierda era atomizada y se deshizo como azucarillo; en la Comunitat Valenciana, PSPV y Compromís disponen de suelo identitario y territorial sólido. Si una pata flaquea –por el impacto negativo de la gestión sanchista–, la otra absorbe el voto residual. El PSOE aragonés y extremeño se evaporó; el valenciano, anclado en huerta y barriadas, resiste mejor el chaparrón a pesar de una Diana Morant torpe y desconocida. Esta resiliencia complica el paseo derechista que las urnas extremeñas y aragonesas facilitaron.

Además, València ciudad y su área metropolitana son hipersensibles a ciclos urbanos, liderazgos y clima coyuntural: un PPCV desgastado puede pivotar miles de votos hacia Vox o la abstención. Alicante le ofrece a los voxistas un recorrido extra, sin regalarlo a los populares: su implantación urbana amplifica trasvases. Y Castellón, más estable, no compensa caídas brutales en las otras dos provincias. Aragón carecía de esta volatilidad provincial; València la convierte en trampa mortal.

En la Comunitat Valenciana asistimos a un desgaste gubernamental, y el PP paga la fiesta. El "efecto gobierno" es demoledor. Él enfado inducido por temas europeos como Mercosur o Pacto Verde recaen sobre la gestión del Consell presidido por el PPCV de la que se escaquean los voxistas. En solitario, el castigo es mayor que en coaliciones, donde se diluye. Y Vox, fresco y protestón, engorda sin desgaste. Extremadura y Aragón avisaron de victorias pírricas; la Comunitat multiplica el riesgo con un liderazgo de los populares valencianos que podría perder más peso y escaños que Azcón o Guardiola.

La conclusión política es un mazazo. Mientras en Aragón el centroderecha lidera perdiendo poco y en Extremadura gana algo, en la Comunitat Valenciana el panorama es frágil. El PPCV puede mantener sus opciones en 2027, pero con una mayoría tan frágil que arriesga la presidencia del Consell al apoyo de Vox que definitivamente lo encadene. Sondeos y encuestas proyectan paraísos, pero la realidad electoral extremeña y aragonesa anticipa un susto: Valencia no es Aragón ni Extremadura. Sin cerrar filas en el PPCV –“secar” la ultraderecha, unificar voto urbano, amortiguar el desgaste gubernamental, reconsiderar ideas, programas y liderazgos en un congreso por convocar…–, mayo 2027 podría ser el epitafio del centroderecha valenciano.

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