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Preguntas de un obrero frente a la Universitat

Debate entre los candidatos al rectorado de la UV

Debate entre los candidatos al rectorado de la UV

Se preguntaba Bertolt Brecht si el joven Alejandro conquistó solo la India: si no lloró alguien aparte de Felipe II al hundirse su flota; si la guerra de los siete años la ganó el rey Federico, sin ningún otro que empuñara un arma. Quién cocinaba los banquetes de la victoria. Quien reconstruyó tantas veces Babilonia. Quién pagaría sus gastos. En realidad, Brecht puso a un obrero frente a un libro a hacerse estas preguntas. Un gran hombre cada diez años, contó el obrero. Cuántos hombres, cuántas personas, invisibilizaba ese gran hombre, venía a preguntarse el obrero a quien el poeta puso a hacerse preguntas. Porque lo que pretendía Brecht era que cada uno de nosotros, invisibles, tomásemos conciencia de nuestro poder. De que sin nosotros no habría conquistas, ni reconstrucciones, ni llantos, ni celebraciones. Un gran hombre cada diez años, dice el obrero. Millones de personas, cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día, hasta formar los diez años, nos recuerda Bertolt Brecht.

Las preguntas de un obrero frente un libro me han venido varias veces a la cabeza en los últimos días con motivo de las elecciones a rector de la Universitat de València. He seguido con interés los debates y las intervenciones de los candidatos por muchos y variados motivos. Mencionaré solo algunos. Mi hija mayor estudia allí, desde septiembre. Filología clásica, estudia. La posibilidad de llegar a esas aulas fue, en lo peor de la Dana, el salvavidas al que se aferró. No es la única. Hay más. Y hay más que, como ella pero por otras razones, saben que la universidad, ir a la universidad, es el punto de inflexión que cambiará sus vidas.

Me pregunto si todos los candidatos lo piensan. Que nuestras hijas, que nuestros hijos, les van a sostener cuando ganen. Me pregunto si saben que las promesas, sea cual sea el número, no se hacen para ganar sino para cumplir. O que su mandato, cuando llegue, no servirá sólo para reducir la paperassa de los trámites ni para mejorar las condiciones de quienes tienen más peso a la hora de votar. Me pregunto si piensan, cuando hablan, o cuando sueñan con llegar al despacho de la cuarta planta del edificio de Rectorado –algunos lo conocen de cerca porque hasta hace días eran vicerrectores–, que bajo su mando se están formando aquellos que descubrirán remedios para enfermedades que hoy aún son letales. O que escribirán los libros que nos emocionarán. O que enseñarán a los hijos de los que hoy estudian allí. O que recordarán que sus abuelos no pudieron estudiar. Allí están, hoy, los que harán del mundo un mundo mejor. ¿Lo piensan?

Me pregunto si, como decía Esteban Morcillo –para mí, siempre rector, siempre Magnífico–, saben que la institución está llena de gente que no pasa por la universidad sino que se dejan atravesar por ella. Me hago preguntas, como el obrero de Brecht. Y para algunas, encuentro respuesta.

Sé que Juan Luis Gandía es consciente. No solo porque durante cinco años fuese vicerrector en el equipo de Morcillo. No solo porque acompañase el rectorado de Mavi Mestre durante un año y diese un paso a un lado cuando comprendió que no iba a ser posible seguir impulsando los cambios desde dentro. No solo porque ese paso a un lado se haya convertido en un paso al frente ahora, para movilizar una institución centenaria que camina a paso, a veces, demasiado lento. No solo porque Juan Luis Gandía sepa que Alejandro no conquistó solo la India y haya formado un equipo de acreditada experiencia, compromiso y rigor. No solo por eso. Pero también por eso.

Dijo Platón que el precio de desentenderse de la política es ser gobernados por los peores hombres. Gandía no se desentiende de la política. Conoce los males que aquejan a la Universitat de València y conoce la fórmula para atajarlos. Una fórmula que no está compuesta por palabras bellas y vacías, ni por gestos simbólicos e inútiles. Una fórmula que contiene políticas gestionables capaces de mover lo inamovible. Ideas apoyadas en una gestión eficaz que durante los próximos seis años conseguirá hacer realidad lo que Aristóteles esperaba, justamente, de la política: convertir lo necesario en lo posible.

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