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Opinión | La veleta de papel

València

Almanaque

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / ED

Conforme pasan los años somos muy conscientes de que caen velozmente las páginas del almanaque, que en el árbol de nuestra vida quedan cada vez menos hojas, y a diferencia de cuando niños o jóvenes, sentimos que las manecillas del reloj aceleran su tránsito. Intuyes en el horizonte el otoño, pero aún guardas con fuerza en la memoria lo vivido y persiste la esperanza en lo por vivir.

En el anverso de cada hoja van partículas de lozanía como refleja el espejo del tiempo; en su reverso, retazos de historia, compartida con personas que viven o murieron; mujeres u hombres importantes que se apartaron o apartaste (ya no importa la causa); que amaste y te amaron; que ayudaron o traicionaron. Todos aportaron su grano de arena a tu propia y personal experiencia formando lo que eres. Caminamos sobre un manto de hojarasca de lo que fue nuestra vida; recuerdos que corromperá el tiempo.

Desde la atalaya vivencial, observas el mundo sin premura; los colores son más cálidos y al tiempo fríos. Eres la suma de experiencias reales, aderezadas con recuerdos que, o fueron dorados, o afectados por herrumbe del oxido egoísta, o ni siquiera fueron ciertos. Hay un fuerte contraste no del todo resuelto entre fantasía y realidad.

Mientras vigilas la fealdad desde el burladero del escarmiento, contemplas la belleza degustando curvas, formas y texturas, aspirando el perfume exhalado por una rosa recién cortada, o imaginando la desnudez del cuerpo que adoras desde la lejanía. Cada día eres más imaginativo que practico.

Un hombre cuya mente guarda una biblioteca presidida por Cronos, llena de libros leídos con anhelo, cuyos títulos recuerdas a la perfección u otros que casi se desvanecieron. Fueron extensos volúmenes o breves ensayos, pero de todos aprendiste. Algún terremoto los confunde entremezclándolos, pero consigues reestablecer su lugar en los estantes de los hechos. Paradójicamente hay libros que estando hermosamente encuadernados no abriste; aunque pudieron ser no fueron.

Con suerte tendrás un pequeño armario donde guardas perfumes y sabores que grabaron una sutil huella en tu mente, y son capaces de trasladarte a través del espacio al centro de la evocación. Gozarás de una fonoteca donde están las voces amadas y alguna odiada, los sonidos, la música que te marcó.

Transitan por la memoria personas que se fueron pronto y me pregunto ¿qué ganaron o perdieron?, y concluyo que esas personas, durante el corto lapso temporal de su existencia, vivieron intensamente lo que otros necesitarán el doble de años y quizás sin lograrlo. Tuvieron su tiempo y son recordados.

La vida como el amor son como la tauromaquia, donde torero y toro se observan, se retan, se citan, se acarician ejecutando un baile sensual en el filo de la navaja y cuando más intensa es la faena, cuando es sublime, repentinamente se acaba en la suerte suprema, en el altar de Eros y Tánatos, convirtiéndola en única e inmortal.

Aun percibiendo el ocaso, sabedor de los peligros que entraña, sigues soñando con al menos otra primavera, entendiendo que esa ilusión se escurre entre los dedos como arena de nuestro mar Mediterráneo. Tenemos todo el tiempo del mundo, la vida es intensa y bella en cada época, sin otras restricciones que las que tú, respetando la libertad ajena, quieras imponerte. Bien sabe Dios que no hay edad concreta para vivir, amar, gozar, aprender, explorar, mas no perdamos la cordura, seamos sabedores del implacable tic-tac (que para mí es el decimoquinto aniversario de mi nieta) que discretamente pero con firmeza, nos hace ser tolerantes y prudentes sin renunciar a nada. Felicitats princesa!

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