Opinión
El drama es no hacer nada
En la Comunitat Valenciana existe un pacto contra la violencia machista, fruto de un amplio consenso social y político, que duerme el sueño de los justos. Reactivarlo, dotarlo y situarlo en el centro de la acción de gobierno no es cuestión de “dogmas ideológicos”

Carteles en una manifestación contra las agresiones sexuales y la violencia machista. / EFE
Hagamos un ejercicio de ficción social. Imaginemos una comunidad, pongamos la valenciana, que observa cómo en lo que va de año han sido asesinados once hombres en España: uno cada cinco días. Imaginemos que tres de esos asesinatos han ocurrido aquí mismo, en Castelló, y que detrás de esas cifras hay historias como estas: una señora de 71 años que entra en un centro de salud en plena mañana, saca un cuchillo y mata allí mismo a su expareja. No muy lejos de allí, otra mujer degüella a sangre fría a su hijo de 12 años y a su exmarido.
Pensemos qué haría entonces el Gobierno valenciano. Imaginemos los titulares, las ruedas de prensa monográficas, los minutos de silencio convertidos en grandes actos institucionales. Imaginemos al president de la Generalitat anunciando medidas urgentes, reclamando recursos extraordinarios, convocando de inmediato todos los pactos habidos y por haber. Imaginemos a partidos exigiendo cambios legislativos, preguntándose cómo es posible que el sistema haya fallado así a los hombres.
Ahora volvamos a la realidad: las personas asesinadas son nueve mujeres y dos menores, tres de ellas castellonenses. La enfermera de Benicàssim atacada en su puesto de trabajo; la mujer y la niña degolladas en Xilxes. Todas merecen una reacción política a la altura, porque presentar estos crímenes como una fatalidad inevitable —un “drama” sin más— rebaja su naturaleza estructural y diluye las responsabilidades.
En la Comunitat Valenciana existe un pacto contra la violencia machista, fruto de un amplio consenso social y político, con medidas concretas, que duerme el sueño de los justos. Reactivarlo, dotarlo y situarlo en el centro de la acción de gobierno no es cuestión de “dogmas ideológicos” ni de “luchas de pancartas”, sino de asumir que estamos ante una violencia estructural que atraviesa edades, clases sociales y territorios. Tratar los feminicidios como un fenómeno azaroso, y no como el resultado de un sistema que falla una y otra vez a las mujeres, es una forma de negacionismo: no hace falta negar los hechos, basta con restarles importancia y sacarlos de la agenda con unas declaraciones genéricas y seguir como si nada.
Por eso, cuando el presidente Juanfran Pérez Llorca se limitó la semana pasada a unas palabras huecas y a un llamamiento a la unidad, no estaba siendo neutral, estaba eligiendo bando: el de no hacer nada. Y ese, no otro, es el verdadero drama.
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