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El centenario de la muerte de Blasco Ibáñez en 2028, un evento que necesita atención política y social

Blasco Ibáñez da para mucho y un centenario debería tener toda la atención. En dos generaciones anteriores a la mía, las gentes de Valencia aún se definían como ‘blasquistas’ o no. Era un marcador de identidad, algo más que ideológico, casi religioso

Blasco Ibáñez, en su casa de la Malvarrosa de València.

Blasco Ibáñez, en su casa de la Malvarrosa de València. / Europa Press

Sí, Ausiàs March, Joanot Martorell, Joan Fuster y Vicent Andrés Estellés son grandes referentes culturales. Sí, podríamos hablar también de Azorín, Gil-Albert, Isabel de Villena, Joan de Joanes, Ribera, Alfaro, Sempere… Sí, pero Sorolla y Blasco Ibáñez están en otra dimensión. Rompen las barreras de la cultura para pasar a fenómenos sociales. Dos tótems de lo valenciano. Dos señas de identidad, se quiera o no. La mejor prueba es la atracción política (y el interés y manoseo) que generan. La pregunta pendiente es qué identidad colectiva (blanda, difusa…) proyectan, pero eso daría para un ensayo y un sinfín de teorías. No es el caso.

Solo quería advertir que Blasco se nos viene encima. El centenario de su muerte, digo. Una conmemoración de las grandes y no parece que las autoridades locales se hayan puesto sobre ello. Es en 2028. En enero de 2028. A dos años vista aún, pero el próximo es año electoral y ya se sabe lo que eso supone: frenazos antes y después de las urnas y posibles cambios de orientación de los proyectos si hay gobierno diferente o incluso solo si hay movimiento de sillones. Así que o se avanza presto o se corre el riesgo de que caiga el otoño de 2027 y esté casi todo por hacer. Y para entonces ya será tarde si se pretende algo extenso, poderoso y bien pensado, que sirva para poner nuevos focos de luz sobre un personaje inmenso y poliédrico, tan contradictorio como atractivo.

Cartilla de Vicente Blasco Ibáñez como diputado.

Cartilla de Vicente Blasco Ibáñez como diputado. / JM Lopez

Quiero decir que Blasco necesita múltiples enfoques para situarlo. No solo el de la literatura. Confieso que su prosa no me entusiasma (no le he podido quitar el envoltorio folclorista, a pesar de sus otros tonos), pero fue un rey de masas, odiado por ello por muchos de sus coetáneos de letras. También está la dimensión de experimentador del primer cine, cada vez más estudiada. Pero está también la del editor de medios de comunicación de masas. Y, ligada a esta última, la del político. Quizá es la faceta que más huella dejó. Murió en un exilio dulce (en la Costa Azul francesa) por ese papel. Para entenderlo: en dos generaciones anteriores a la mía, las gentes de Valencia aún se definían como ‘blasquistas’ o no. Era un marcador de identidad, algo más que ideológico, parecido en cierto sentido a ser de un equipo de fútbol o de otro. Casi algo religioso. Algo que parece que choca con un republicano y anticlerical redomado como Blasco, pero que tiene que ver con esa figura de líder mesiánico (y populista, claro) que arrastraba multitudes, como se comprobó en el regreso cinco años después de sus restos a València. Todas esas facetas se conjugan quizá en la etiqueta de “escritor revolucionario” que perseguía desde joven.

Blasco Ibáñez da para mucho y un centenario debería tener toda la atención. De momento, el Consell Valencià de Cultura ha puesto en marcha una comisión para desarrollar ideas, pero los dineros, las decisiones y los proyectos han de venir de quienes tienen capacidad ejecutiva, no solo asesora. Se les espera con hechos. No solo con declaraciones para no decir nada.

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