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Prohibido prohibir

De aquel aire fresco de 1968 quedó la herencia de una izquierda que aprendió a desconfiar de cualquier autoridad y rehuyó la tentación de volverse paternalista, moralizante o autoritaria, incluso cuando cree tener razón

El uso extremo de redes sociales aumenta peligrosamente la sensación de soledad.

El uso extremo de redes sociales aumenta peligrosamente la sensación de soledad. / Crédito: Unsplash/CC0 Public Domain.

“Y si una persona no puede tener un teléfono, que le quiten el teléfono”. Lo dijo Belén Esteban. Durante años fue tratada como un fenómeno televisivo sensacionalista, vulgar, incluso objeto de chiste. Y sin embargo, esa frase atraviesa la realidad mejor que muchos manifiestos con notas al pie. Desde luego, hay consignas que se quedan pegadas en la memoria colectiva, y pocas lo hacen con tanta claridad como aquella otra que llenó París en mayo del 68: Il est interdit d’interdire. El público más sesudo me perdonará el atrevimiento de esta comparación, pero ambos aforismos, cada uno a su manera, anticiparon un debate que hoy nos atraviesa de pleno.

Aquel Mai 68 fue un cambio de sensibilidad dentro de la izquierda europea, un giro en lo que esta debía entender por emancipación. Hasta entonces, gran parte de la izquierda pensaba la historia en términos materiales: trabajo, salario, clase, fábrica, partido, sindicato... El 68 abrió otra puerta. La política dejó de estar solo en las instituciones y se coló en la vida cotidiana: en la escuela, en la familia, en el cuerpo, en las sexualidades, en el lenguaje.

El Partido Comunista francés y los sindicatos miraron con desconfianza aquel movimiento impugnatorio. Pero aquel estudiantado pequeñoburgués nos ensanchó el horizonte. En él encontraron impulso el pensamiento libertario, el feminismo de segunda ola, la nueva pedagogía, el ecologismo político, el pacifismo, los derechos LGTBI... La izquierda obrera y sindical pasó a ser también cultural, generacional, identitaria y cotidiana. Incluso en la España en blanco y negro, el 68 se filtró por las universidades, por el exilio, por los intelectuales, por los movimientos clandestinos. La libertad ya no era solo un derecho que se vota, sino también una forma de respirar.

De aquel aire fresco quedó también una herencia menos evidente. La de una izquierda que aprendió a desconfiar de cualquier autoridad y rehuyó siempre la tentación de volverse paternalista, moralizante o autoritaria, incluso cuando cree tener razón. Gracias a esa desconfianza hoy vivimos sociedades más libres y más igualitarias. Y quizá también por eso a quienes crecieron respirando ese clima se le enciende hoy una alerta cuando desde posiciones progresistas se habla de prohibir, limitar o regular las redes sociales. Porque aprendieron que incluso la autoridad bienintencionada puede disfrazarse de libertad para condicionar nuestras vidas sin que apenas lo notemos.

Por desgracia, las redes sociales no son la beauté dans la rue que las revueltas del 68 imaginaron. No son plazas abiertas ni ágoras. Son infraestructuras privadas diseñadas para captar nuestra atención, acumular datos y modular comportamientos: arquitecturas psicológicas pensadas para que nadie quiera irse. Y cuando una libertad formal nos deja indefensos frente a un poder que no entendemos y que está hecho para retenernos, explotarnos y manipularnos, la libertad se vuelve una ilusión de autonomía.

Quizá por eso aquella consigna parisina siempre se ha parecido más a un koan que a un mandato literal. Prohibido prohibir fue un grito preciso contra el autoritarismo, una alerta, una vacuna contra el instinto de sancionar y castigar. Pero para que nadie pueda prohibir arbitrariamente, debe existir una estructura que lo impida. Sin reglas, gana el más fuerte. Con reglas, alguien decide cómo se decide. Y la izquierda no vino a defender al más fuerte, sino a reparar desequilibrios de fuerza y corregir asimetrías.

La regulación de las redes sociales puede ser, entonces, un gesto emancipador. No para controlar a los menores, sino para limitar el poder de quienes ya los controlan sin que apenas lo notemos. Eso no significa que la respuesta sea simple. Prohibir sin educar sería torpe. No crear alternativas sería insuficiente. Desproteger la privacidad, peligroso. Convertir esto en una batalla moral contra la tecnología, un error.

Por eso “prohibido prohibir” nunca nos pidió que no pusiéramos normas, solo que supiéramos muy bien a quién se las estábamos poniendo, y para hacer a quién más libres. No se trata de quitarle el móvil a la gente, como sugería Belén Esteban en prime time, sino de recordar que la libertad, como el aire, solo se nota cuando falta. Si algo nos enseñó mayo del 68 es que queda prohibido prohibir... pero también queda prohibido prohibir la libertad.

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