Opinión
Motivos para abrir los ojos
La política ha dejado de ser un espacio para debatir ideas y se ha convertido en un territorio de lealtades emocionales. Lo que importa no es qué se piensa, sino a qué bando se pertenece

Sesión de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados, a 18 de junio de 2025, en Madrid (España). / E. P.
Confieso que llevo días dándole vueltas a los datos de la V Encuesta Nacional de Polarización Política del CEMOP. No porque descubran algo que no intuya en cualquier conversación, sino porque ponen cifras a lo que antes solo era una sensación incómoda: discutimos más, confiamos menos y nos toleramos peor.
La simpatía hacia los partidos cae: el PP pierde 8,6 puntos; Sumar, 5,4; el PSOE, 4,4. Pero lo revelador es lo que sube: el rechazo. Más de la mitad de la ciudadanía siente antipatía hacia Feijóo y Sánchez; casi siete de cada diez, hacia Abascal. Por lo que hoy, no es el entusiasmo lo que estructura la vida pública, sino el rechazo. Y el rechazo, a diferencia del entusiasmo, no necesita programa. Le basta con un adversario.
Y es que la política ha dejado de ser un espacio para debatir ideas y se ha convertido en un territorio de lealtades emocionales. Lo que importa no es qué se piensa, sino a qué bando se pertenece. Una banderita por pulsera o un pin por bandera se convierten en los marcos identitarios que certifican la fidelidad al grupo y blindan la pertenencia. Y admitir la legitimidad del contrario cuando la adscripción partidista se funde con la identidad moral, se vuelve insoportable porque implicaría cuestionarse a uno mismo.
La desconfianza alcanza también a los medios. Su credibilidad apenas obtiene un 4,1 sobre 10; un 82% considera que los medios no afines manipulan. Nos informamos en perímetros ideológicamente cómodos, donde el desacuerdo es raro y solo consumimos confirmación, no contraste. Es decir, cada grupo habita su propio circuito informativo, así los mismos hechos se convierten en relatos incompatibles.
Recuerdo mis años de universidad. Debatíamos con intensidad sobre fiscalidad o modelo territorial, y después, compartíamos un café. El desacuerdo no erosionaba el vínculo, lo estimulaba. Hoy percibo otra atmósfera. Algunos estudiantes miden cada palabra mientras otros optan por el silencio prudente. El debate ya no termina en clase, se amplifica en etiquetas, se simplifica en consignas y se archiva en capturas. Es evidente que el coste de opinar ha cambiado.
Cuando el conflicto se convierte en espectáculo, ya no pretende convencer, sino imponerse
Entiendo que el conflicto es consustancial a la democracia, y que la discrepancia es el motor del pluralismo y la condición misma del debate público. Pero cuando el conflicto se convierte en espectáculo, ya no pretende convencer, sino imponerse. Y cuando el adversario se percibe como enemigo, alguien a quien desacreditar, el límite se debilita peligrosamente: si el otro no es legítimo, casi cualquier gesto parece justificable. Y ahí es donde el conflicto deja de fortalecer a la democracia y comienza a erosionarla.
Mientras tanto, los problemas reales como la vivienda inaccesible, la precariedad laboral, los servicios públicos tensionados siguen ahí. Lo realmente cierto es que la polarización afectiva desplaza la atención hacia la batalla identitaria y dificulta que quienes comparten dificultades cotidianas se reconozcan como aliados en torno a políticas comunes. Divide a quienes padecen los mismos problemas y diluye la responsabilidad de quienes los generan o gestionan.
Tal vez lo verdaderamente disruptivo hoy no sea elevar el tono, sino bajarlo. Porque cuando la política se convierte en un ring y la trinchera sustituye al diálogo, quienes pierden primero no son quienes se sientan en el hemiciclo, sino quienes comparten barrio, escalera y futuro. Somos nosotros.
Quizá el fenómeno más interesante no sea la polarización en sí, sino cómo demonios nos despolarizamos porque si no somos capaces de desaprender el odio, habremos perdido algo más que un debate. Habremos perdido la capacidad de construir futuro juntos.
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