Opinión | Algo personal
Un amor de mierda
Cuatro mujeres en una semana. Nos acostumbramos a lo que haga falta con tal de que la tranquilidad no nos la estropee nada

Manifestación del 8M. / Levante-EMV
Cuatro mujeres en una semana. Sí. Hablo de cuatro mujeres asesinadas en la última semana. Hay más: en lo que llevamos de año (apenas mes y medio) han sido asesinadas diez mujeres, por sus parejas o exparejas mayoritariamente. Pero hay más: casi mil quinientas mujeres han sido asesinadas desde que en 2003 se inicia el conteo oficial de víctimas del terrorismo machista. Y es como si no pasara nada. Nos acostumbramos a lo que haga falta con tal de que la tranquilidad no nos la estropee nada. Ni nadie. Una mujer agredida ya es motivo suficiente para no mirar a otro lado. Pero miramos. Que se jodan, como dicen los del PP y Vox cuando se niegan a articular medidas que intenten acabar con esa lacra que nos ofrece la cara más oscura de lo humano. Al revés: no sólo se niegan a tomar esas medidas desde sus gobiernos sino que niegan que existan esos asesinatos. La frasecita canalla de los defensores de la violencia: algo habrán hecho. O la otra incrustada en la burlona resonancia de los derechos de los asesinos: la quería mucho… pero sólo para mí. Pues vaya.

Detención del asesino de su ex mujer y su hija en Xilxes / Levante-EMV
Pocas mujeres denuncian algún tipo de maltrato. Para qué, se preguntan. Poco caso -o casi ninguno- en las comisarías. Para qué si luego los jueces -y las juezas- se mofan de las agresiones y de las denuncias. La pregunta del millón: para qué. Nula confianza en la policía. Nula confianza en la Justicia. Algunas de las mujeres asesinadas habían denunciado las agresiones de sus parejas o exparejas. Condena: alejamiento cien metros de la víctima. Puta madre. Cien metros. Menuda broma.
Los medios que la política pone al alcance de las mujeres agredidas. Qué pocos. Mejor seguir con aquello de la mujer atada a la pata de la cama que aparecía en los libros franquistas para educar a las mujeres en su papel de esposas sumisas y madres ejemplares. Romper el cerco infame del pasado. Buscar en las raíces de un cuerpo que no es de nadie sino suyo: «Me atrevo a vivir», escribe Anne Sexton en uno de sus poemas de amor. Los avances del feminismo dejan su huella en la torva mirada de quienes se niegan a asumir que las vidas se comparten, no se impone una a la otra porque así ha sido siempre. Las reglas del juego han cambiado. Pero ese cambio no sirve para esos hombres y esas mujeres que son de misa diaria pero disfrutan viendo cómo los golpes siguen apuntalando historias que ellos y ellas llaman de amor en vez de crímenes machistas claramente anunciados.
Qué crueldad ver cómo en las instituciones valencianas niega esos crímenes su mayoría de derechas. No sé qué entienden ellos y ellas cuando en esa hora de intimidad del todo intransferible se hablan de amor: ¿de qué amor hablan? Poco a poco, seguramente desde la torpeza, hemos ido aprendiendo algo de esa palabra tan bella como llena de aristas. Nunca habremos aprendido bastante. Pero lo intentamos. Saber que nadie es dueño de nadie. Huir como de la peste de ese «chantaje de lo profundo» al que aludía Anne Carson en su demoledor libro La belleza del marido. Dos versos igualmente destrozones del mito del amor cuando el amor es otra coas bien distinta a lo que se dice: «No puedo vivir sin ella/. Ella, esa palabra que explota». Y tanto que explota. Cuando ella se niega a ser otra que no es. Entonces explota la palabra. Y el lenguaje se afila como la hoja de un cuchillo. Y entonces pasa. Cuatro mujeres asesinadas por sus parejas y exparejas en la última semana, cuando escribo esta columna la tarde del jueves y aún faltan tres días para el domingo en que ustedes -si son tan amables- estarán leyéndola. «Ella, esa palabra que explota»…
Nos acostumbramos al horror sea cual sea.
Pero no pasa nada. Nos acostumbramos al horror sea cual sea. Lo peor de ayer ya es olvido esta mañana, cuando recién abrimos los ojos a lo que nos pasa. Lo que dicen las noticias: cada vez son más machistas los chicos jóvenes. Controlan las vidas de sus amigas. Deciden por ellas. Van de perdonavidas. Por eso -entre otras cosas- les gusta a lo mejor y sin que la hayan conocido la dictadura franquista. El teléfono móvil de la chica encriptado por el perdonavidas para que ella lo abra cuando él se lo permita. Ojo con quién hablas, ¿vale? Pues vaya.
Los policías. Los jueces. Los dueños de las vidas de las mujeres. La violencia contra esas mujeres tantas veces -como una broma macabra- en nombre del amor. De qué hablan los hombres y las mujeres que, en las instituciones o donde sea, defienden esos crímenes cuando hablan de amor, cuando se dicen que se aman como en aquella canción de Tony Renis que se afirmaba en la verdad al pronunciar esa palabra tan hermosa como llena de rincones en sombra donde a veces apenas llega la luz. Seguir en el campo de batalla del feminismo contra la violencia machista, contra las leyes que la apoyan, contra esa cultura del pasado que confundía la dignidad de la mujer con la infame atadura a una pata de la cama. Seguir en la lucha por esa dignidad. No dar tregua a los asesinos ni a quienes directamente o con disimulo los defienden: «no se nos agota la paciencia, se nos agota el tiempo», escribe Jorie Graham en Deprisa, un rabiosamente bello libro de poemas. Seguir en el campo de batalla contra el terrorismo machista. Dando la tabarra sin que el cansancio o la costumbre hagan como siempre de las suyas. Dar la tabarra, ¿vale? Pues eso.
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