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Opinión | No hagan olas

València

El siglo fotográfico

La colección «Per amor a l'art» se ha convertido en la «Colección José Luis Soler» y ha dado pie a una iniciativa conjunta con el festival artístico PhotoEspaña, mediante un premio para jóvenes o nuevos comisarios artísticos que propongan una exposición basada en los fondos de la propia colección

Serie fotográfica de Takuma Nakahira en la exposición 'Mnemosyne'.

Serie fotográfica de Takuma Nakahira en la exposición 'Mnemosyne'. / ED

Aunque las cajas oscuras fueron conocidas por Aristóteles y la civilización ancestral china, reutilizadas como una herramienta eficaz para ayudar en la copia de dibujos desde Leonardo da Vinci, la fotografía como tal, la impresión estable en una emulsión química de una imagen captada por la luz, no se inventó hasta el primer tercio del siglo XIX (1826, según se referencia en las enciclopedias). Tras los pioneros de aquellas imágenes vinieron los pictorialistas, fotógrafos que suplantaron al arte realista con relativo éxito hasta que apareció el negativo permitiendo la multiplicación «de los panes y los peces» fotográficos.

Un pensador como Walter Benjamin lo vio venir. Escribió en la década de los años 30 del siglo pasado su famoso ensayo sobre el mundo actual que ya se avizoraba: el de «la reproductibilidad técnica», en el que el arte perdía su valor como pieza única y singular. La fotografía se convirtió entonces en una herramienta política y en un utensilio doméstico. Susan Sontag, cuarenta años después, analizaría todas sus repercusiones. Hasta que en la Bienal de Venecia de 1990, el matrimonio de fotógrafos alemanes, Bernd y Hilla Becher, fue galardonado con el León de Oro. La fotografía volvía por la puerta grande a la sociedad del arte. En blanco y negro, sin tratar de captar la realidad sino subrayando el carácter escultural de lo fotografiado. O el alma de los personajes que se retrataban. Los Becher tuvieron su exposición en el IVAM apenas un lustro después, en el 95.

Aficionado al arte –y al fútbol–, personaje de fuertes entusiasmos, Soler puso en marcha una potente colección de fotografía de carácter internacional

Algo de todo esto debió contarle el experto en arte contemporáneo, Vicente Todolí, al coleccionista valenciano José Luis Soler, empresario de éxito gracias al lúcido empuje de Juan Roig. Aficionado al arte –y al fútbol–, personaje de fuertes entusiasmos, Soler puso en marcha una potente colección de fotografía de carácter internacional –condición sine qua non de Todolí, quien había descubierto en los Estados Unidos, años atrás, el trabajo de dos maestros fotográficos, Walker Evans y Robert Frank. La colección se estructuró por series y, en muchos casos, mediante piezas que se construían como un relato, a veces caótico o sin linealidad, gracias a montajes en forma de collages o puzles. Esto permitía producir exposiciones coherentes dentro mismo de la colección, tanto monográficas como conceptuales o de tesis.

El paso siguiente fue la brillante rehabilitación de una fábrica decó quemada y abandonada, convertida por Soler en un centro de arte con alto valor espacial en la periferia de la ciudad de Valencia. Por desgracia, este tenaz empresario enfermó gravemente y fallecería hace dos años, dejando un tesoro en forma de colección fotográfica –también cuenta con unas 300 pinturas–, cuyo destino ha tardado en proyectarse. Finalmente, la colección «Per amor a l'art» se ha convertido en la «Colección José Luis Soler» y ha dado pie a una iniciativa conjunta con el festival artístico PhotoEspaña, mediante un premio para jóvenes o nuevos comisarios –curators– artísticos que propongan una exposición basada en los fondos de la propia colección. En paralelo, se ha puesto en marcha una página web, ágil y bien resuelta, que incorpora todas las imágenes y fichas técnicas de los artistas-fotógrafos, más de dosmil y pico: coleccionjoseluisoler.es

Como dijo el escritor errante Max Aub, uno realmente no es de donde nace, sino de donde se convierte en bachiller

El proyecto ganador de la primera edición del mencionado premio fue el de la joven cubana Eva del Llano, conservadora junior en la Universidad de Navarra y asistente del artista Carlos Garaicoa, que se pudo ver en el centro Bombas Gens de Valencia desde el pasado otoño y que, en la actualidad, se exhibe en la Casa de la Marquesa de Gandia, la ciudad donde Soler vivió parte de su primera juventud. Como dijo el escritor errante Max Aub, uno realmente no es de donde nace, sino de donde se convierte en bachiller.

La joven curadora plantea una muestra dedicada a la memoria, un tema recurrente en la fotografía dado el inevitable carácter documental de la misma. Lo hace, sin embargo, mediante la fragmentación, otorgándole un cierto carácter psicológico, introspectivo, al proceso de recuperación de las imágenes. Resulta coherente en el caso de las piezas y montajes dedicados al japonés Takuma Nakahira, una instalación con múltiples imágenes de los años 70, a menudo dispares, que armonizan como conjunto pero que al aproximarnos desvela en territorios diferentes situaciones muy distintas, desde recortes de prensa a retratos o simples fotos de grupo o de objetos y lugares. Ocurre lo mismo en el caso del londinense Hamish Fulton, el caminante de geografías primigenias que documenta y anota sus itinerarios con titulares de trascendencia poética. Fulton, en este caso, recorre los caminos pedregosos del cercano Benicadell, desarrollando un proyecto walking-art que promovieron al alimón Soler y el también coleccionista y empresario Vicente Quilis, setabense de adopción.

El título, Mnemosyne, alude a la titán de la memoria (de mneme, recuerdo en griego), hermana de otras nueve; Talía, Euterpe o Clío entre otras

Entre monocromías difusas o veladuras se muestra la obra del mexicano Iñaki Bonillas que acentúa la idea de la pérdida paulatina de los recuerdos, o el carácter borroso y al mismo tiempo objetual de las flores impresas por el cineasta Jonas Mekas. En cambio, la deconstrucción de imágenes que lleva a cabo el pintor mallorquín Ferran García Sevilla, más que memoria aporta monumentalidad a la exposición. El título, Mnemosyne, alude a la titán de la memoria (de mneme, recuerdo en griego), hermana de otras nueve; Talía, Euterpe o Clío entre otras. También se subraya una cita cultural con uno de los primeros grandes historiadores del arte, Aby Warburg, autor de un atlas visual con centenares de imágenes que buscaba mostrar la pervivencia de las formas artísticas clásicas. En cualquier caso, estamos de enhorabuena, un legado importante ha empezado a mostrarse en los espacios públicos del arte. Para nuestro regocijo estético y mental.

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