Opinión | La veleta de papel
Guerra

Ataques sobre Teherán. / Europa Press/Contacto/Sepahnews
El viernes 27 de febrero se declaró la guerra abierta entre Pakistán y Afganistán. A la mañana siguiente Israel y EE UU atacan a Irán. Ciertamente ambos conflictos están alejados de nuestra fronteras, lo que no significa que sus consecuencias no vayamos a sufrirlas. No soy quién para entrar en sesudos análisis geoestratégicos e históricos sobre conflictos armados. Pero sí puedo plantear una pregunta ¿para qué un conflicto bélico? Y para responder podría utilizar estos, o cualquiera de las más de 50 guerras que están produciéndose en el mundo.
Ninguno de los cinco países que están directamente involucrados en estos conflictos merecen mi adhesión. Todos ellos vulneran leyes y derechos humanos sin excepción. Alguno de manera espuria e intolerable. Cuando los conflictos se producen donde gobiernan salvajes, es muy difícil posicionarse en contra. Si las guerras afectaran a las élites dirigentes quizás callara, pero no es así, nunca lo es, los damnificados serán los más vulnerables.
De un conflicto los Estados, por la locura de sus gobiernos, salen debilitados aun venciendo. Es cuestión de número. Los muertos tardan 20 años en sustituirse. La industria armamentística tiene capacidad de producción limitada. Rusia, aunque se afane en proclamar lo contario, es más débil que cuando comenzó su agresión a Ucrania. Las guerras destruyen el progreso devolviendo a la sociedad a siglos pretéritos. Tal vez sea lo que buscan.
Un insulto suele producir una enemistad larga. Imaginemos que será perder casa, un familiar, o peor toda la familia, el odio hacia el causante será inextinguible. ¿Cuántos atacantes suicidas potenciales habrá en Gaza? Los gobernantes que han dado la orden de atacar, morirán porque así es la vida humana, pero las consecuencias para sus pueblos será larga, muy larga. La historia demuestra que ha habido varios genocidios, ninguno logró exterminar a toda una etnia. Nunca. Quedará alguien para recordar y resarcirse. Observad a los judíos.
Una pulsión destructora domina la escena mundial, las potencias hegemónicas amenazan a todo el mundo sin excepción. Las naciones medianas como es Europa, poco a poco van considerando necesario para su supervivencia armarse y prepararse para un probable conflicto bélico y para ello sacrifican la protección social. Los equilibrios entre naciones eran falsos. El orden mundial, el multilateralismo ha demostrado ser un trampantojo al servicio de los poderosos. Solo era eficaz con los débiles, aun así la ONU, con sus defectos (corríjanse), ha sido y es necesaria.
La única posibilidad de supervivencia y progreso de la humanidad es la convivencia pacífica entre todos los pueblos de este planeta llamado Tierra. Que el esfuerzo inversor y los avances científicos se dediquen a la vida no a la muerte. Que el inmenso potencial del humano sea destinado al bienestar de toda la raza humana y a la restauración de la natura que nos sustenta. Que la hermosura no sea opacada por la sangre derramada.
El Papa Francisco reiteraba en sus discursos y escritos que, la tercera guerra mundial a pedazos, estaba provocada principalmente por los intereses de la industria de la muerte. Los Pontífices han reiterado que la paz es requisito imprescindible para la humanidad. Como señaló León XIV este mismo domingo: “La estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas, ni con armas, que siembran destrucción, dolor y muerte, sino solo a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable”. “Elevo mi súplica por un urgente retorno al diálogo. Recemos juntos para que prevalezca la concordia en todos los conflictos del mundo. Solo la paz, don de Dios, puede sanar las heridas entre los pueblos”.
La religión que justifica a estos nuevos masacradores mundiales es el egocéntrico culto a la personalidad de esos mismos asesinos. No es verdad que contra esto no podamos hacer nada; podemos concienciarnos y concienciar a quienes nos rodean de que el mal en cualquiera de sus modalidades, y la guerra es su sublimación, no es aceptable, que es contraria a la vida, a la naturaleza humana, a la belleza y al amor y que por tanto debe ser rechazada sin contemplaciones, así como a quien la promueva. Que no sea con nuestro silencio; ¿me acompaña? ¡No a la guerra, Dios no la quiere!
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