Opinión
Lengua materna
Siempre he defendido que España es el país de las cuatro lenguas maternas y nunca entendí el artículo 3 de la Constitución (1978) en la que se remite la suerte de catalán, euskera y gallego a la legislación de sus respectivas comunidades

Imagen de archivo.
El 21 de febrero de 2025 se celebraba el 25 aniversario del Día Internacional de la Lengua Materna, instituido por la Unesco con la finalidad de: “Garantizar que los sistemas educativos respeten el derecho a aprender en la lengua materna [pues ello] es crucial para mejorar los resultados del aprendizaje, ya que los estudiantes cuando aprenden en una lengua que entienden perfectamente muestran una mejor comprensión, compromiso y capacidad de pensamiento crítico. La educación multilingüe, sobre todo en las lenguas minoritarias e indígenas, no solo ayuda a los alumnos, sino que también fomenta una conexión más profunda entre la educación y la cultura, contribuyendo así a tener sociedades más inclusivas y equitativas”. No hay que decir que suscribo plenamente este planteamiento, pero me temo que está resultando inoperativo, a juzgar por lo que sucede a lo ancho del mundo donde, según esa misma institución, el 40 % de la población no tiene acceso a la educación en su lengua materna. No es un dato baladí: este día se instituyó para conmemorar el trágico 21 de febrero del año 2000 en el que varios estudiantes fueron masacrados en Daka (Bangladesh) cuando reclamaban el reconocimiento de su lengua, el bengalí. Curiosamente, en un país como España, en el que se hablan varios idiomas, y en particular en la Comunitat Valenciana, donde el bilingüismo se declaró oficial desde la ley 4/1983, los medios y las redes sociales apenas se han hecho eco de la efeméride durante el año que ha transcurrido desde entonces. Es como si esto no tuviese que ver con nosotros.
Me imagino la razón: el problema parece radicar en el colectivo que se quiere proteger, “las lenguas minoritarias e indígenas”, como dice la Unesco. Sobre todo, suena raro lo de “indígenas”, que parece más adecuado para otros países. Por ejemplo, para Colombia, donde lo nacional y lo internacional refieren a una misma situación, según destaca un organismo del gobierno: “En el marco del 21 de febrero, fecha en la que se conmemora el Día Nacional de las Lenguas Nativas en Colombia y el Día Internacional de la Lengua Materna, la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte reafirma su compromiso con la protección, revitalización y promoción de las lenguas maternas de los pueblos y comunidades étnicas que habitan en Bogotá”. No hay que decir que en el caso de España sería impropio hablar de “lenguas nativas”, a no ser que por tales consideremos a los cuatro idiomas que son oficiales en algún territorio del estado. Es evidente que el español, el catalán, el gallego y el vasco no son lenguas indígenas, si con ello queremos sugerir que se trata de idiomas aborígenes propios de los habitantes nativos que ocupaban el territorio antes de la llegada de los europeos. Quede claro que las lenguas indígenas pueden expresar una cultura tan avanzada como cualquier otra: en la universidad de Costa Rica, por ejemplo, se imparten clases de bribri y de guatuso, dos lenguas chibchas similares a algunas de Colombia. Sin embargo, nuestros cuatro idiomas tienen como referencia la lengua latina, o porque vienen de ella o, como sucede con el vasco, porque se convirtió en una lengua de cultura gracias a ella.
Por eso, no hay duda de que, en la península ibérica, español, catalán, gallego y vasco son lenguas maternas, como mínimo desde la edad media, esto es, desde que conservamos documentos, ya que el español, por ejemplo, es ahora lengua materna de los países hispanoamericanos, pero en el siglo XVI solo era lengua paterna, la del conquistador, pues tan apenas hubo mujeres entre los primeros españoles que llegaron al nuevo continente. Usamos la expresión lengua materna porque generalmente la aprendemos de labios de nuestra madre (tradicionalmente los padres trabajaban fuera de casa y nadie sabía si de veras eran el progenitor de un niño o no); porque es la primera lengua que aprendimos; porque es la lengua habitual en la familia nuclear; porque es la lengua en la que solemos pensar; porque define nuestra identidad individual, es la lengua propia.
Todo esto ya lo saben los lectores. Pero no sé si han reflexionado sobre la singularidad del caso español, el de un país con cuatro lenguas maternas. Me dirán que en otros países europeos sucede lo mismo: en Francia, junto al francés, están el occitano y el bretón, entre otros; en Italia, junto al italiano, están el siciliano y el véneto; en Gran Bretaña, junto al inglés, están el escocés y el galés. Cierto, pero no es una casualidad que todos estos idiomas menos hablados se encuentren en franco retroceso (en Francia se les llama patois, en Italia, dialetti), fundamentalmente porque la conversión de dichos países en estados se hizo sobre el presupuesto de la unidad lingüística en torno a un solo idioma nacional. Bueno, pues no fue este el caso de España. La unión dinástica de los reyes católicos, Isabel y Fernando, se asentó en unas instituciones y en unos proyectos comunes, pero no en una lengua superior a las demás. Desde ese momento lo que sí hubo es una conversión del español en lengua vehicular, proceso facilitado enormemente porque en el primer momento la empresa americana corrió sobre todo a cargo de pobladores castellanos, extremeños y andaluces (siglos XVI y XVII); luego vendrían todos los demás: vascos, gallegos, catalanes, valencianos, etc, según atestigua la toponimia urbana de América.
Es un problema político y sociolingüístico, pero en el marco del Día Internacional de la Lengua Materna se trata sobre todo de un problema simbólico: yo siempre he defendido que España es el país de las cuatro lenguas maternas como Mesopotamia, por ejemplo, es el país de los dos ríos. Nunca entendí el artículo 3 de la vigente Constitución española (1978) en la que, sin citarlos expresamente, se remite la suerte del catalán, del euskera y del gallego, a la legislación de sus respectivas comunidades autónomas. Porque no pueden reducirse a sus límites territoriales. Pertenecen a todos los ciudadanos españoles y así debería reflejarlo la Carta Magna.
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