Opinión | El Garbell
El peligro de la ultraderecha

Archivo - El Papa León XIV durante la misa de inicio de su Pontificado, en la plaza de San Pedro, a 17 de mayo de 2025, en Ciudad del Vaticano. Con esta ceremonia se marca el inicio del ministerio petrino del estadounidense Robert Prevost, el Papa León XI / Stefano Spaziani - Europa Press - Archivo
Me separé de la Iglesia católica y apostólica, de sus constricciones y dogmas, hace décadas. O eso creía yo. Esta semana pasada, en el funeral del padre de una muy querida amiga, me descubrí queriendo unirme al coro de devotas feligresas para entonar los cánticos propios de la homilía. Algún resorte del cerebro activó los años de educación cristiana, que afloraron de forma natural. Guardé silencio, claro, y atendí al sermón del cura, a la lectura de la sagrada escritura. La renuncia propia al dogma de la fe no es óbice para que una respete a quien se refugia en la creencia de un ser superior, a quien se apoya en una religión para transitar por esta morada pasajera como diría aquel sacerdote. A cambio, también espero de los máximos responsables eclesiásticos un recto proceder, además de amplitud de miras y generosidad en la consideración hacia el prójimo, aunque este no se ajuste a los cánones impuestos por no se sabe quién. En definitiva, descender del elevado púlpito, para abrazar la realidad de una sociedad que es diversa, libre y alejada de moralinas estériles. Algo que el papa Francisco sí pareció entender.
Del nuevo pontífice, León XIV, apenas teníamos noticia hasta que hace unos días nos enteramos de que anda muy preocupado por lo que ocurre en España con el ascenso de la ultraderecha. Ahora ha trascendido que, en una reunión con la cúpula de la Conferencia Episcopal, a mediados de noviembre, advirtió a los prelados españoles de cómo los partidos más radicales buscan ganar el voto católico. No citó a nadie, no mentó ninguna sigla, pero es evidente en quien pensaba Robert Prevost. Tres meses y medio han pasado sin que se filtrara una sola de aquellas reflexiones. Vaya, más pareciera un secreto de confesión que un consejo del santo padre. Lo más desconcertante, con todo, es que solo unas semanas después Luis Argüello, presidente de la CEE, se amparara en la inestabilidad política y planteara alternativas para un cambio de gobierno, incluyendo una cuestión de confianza o una moción de censura con Pedro Sánchez en el centro de la diana, aunque sin nombrarlo. ¿Dónde quedaban, entonces, las recomendaciones del Vaticano sobre los peligros de caer en los extremismos?
En la foto facilitada por la oficina de prensa de la Santa Sede, no se sabe si antes o después del ¿refrigerio?, aparecía el arzobispo de Valencia, Monseñor Benavent. Un hombre de talante moderado, dialogante, que busca siempre el consenso, amante de las largas caminatas por la montaña, de los oratorios de Johann Sebastian Bach y del repertorio religioso de César Franck. No lo imagino desoyendo al sucesor de Pedro en la tierra, ni azuzando aún más las brasas de la polarización. La verdad.
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