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Opinión | Miel, limón & vinagre

José María de Loma

Gabriel Rufián, al fondo a la izquierda

Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso.

Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso. / Redacción

No sabemos si la izquierda busca líder o Rufián busca partido. También pudiera ser que estuviera buscando país. Lo que busca el elector de izquierdas está por ver también. 

Tal vez ha vivido demasiado deprisa. Nótese la envidia en la frase proferida, no el reproche. Gabriel Rufián Romero. 44 años, dos hijos, dos nupcias, descendiente de currantes andaluces, criado en Santa Coloma y avecindado en Sabadell.

Es fan del Espanyol, le gusta la comida japonesa y no es ‘traidor’, el insulto que más teme. Es ‘gordo’. Su gran voluntad lo llevó a un cambio físico que acompañó de un cambio en el tono de voz y las formas. Ahora es pausado y delgado. Fue vociferante de cintura ancha. Pareció un líder vecinal sin pulir, luego un diputado sin romanizar y finalmente aspira a un elegante caudillaje de las izquierdas patrias, apátridas y antipatriotas.

En sus inicios era un charnego indepe, chachi, travieso, castellanoparlante, un caballo de Troya de los supremacistas en terrenos españolazos, una prueba de que el nacionalismo era integrador y diverso. Y para otros, un vendido, un tonto útil.

Rufián evolucionó, conoció Madrid, más allá de la M-30 seguramente. Y cayó en la cuenta de la diversidad, del avance de la derecha y, también, de lo poco que lo querían en su partido. En ERC hay una fuerte división: están los partidarios de echar a Rufián y luego los partidarios de que Rufián se vaya. Junqueras lo mira de reojo como a ese becario que llegó a la oficina en prácticas, se quedó, fue ascendido y ahora te recuerda que hoy te toca a ti pagar el café con tono displicente.

Rufián le está viendo las orejas al loVox y quiere que la izquierda se una. Tiene pesadillas en las que sale Abascal como ministro del Interior.

Para soldar la izquierda ha ideado incluso una fórmula que le permite explicar cómo optimizar rendimientos electorales en cada provincia. Básicamente, que en Ávila solo se presente Sumar pero en Guipúzcoa solo Bildu. Lo que antes se llamaba Frente Popular, ahora que hay redes sociales y todo se sabe, se puede llamar también amalgama. Los de Podemos ya han dicho que con ellos no se cuente. Podemos es una familia y dos amigas con el feminismo como monotema y Pablo Iglesias en las tertulias. Aspiran a unos diputadines en el Congreso, espacio en los medios e Irene Montero de eurodiputada. Con eso les vale.

La izquierda no sabe ver que Yolanda Díaz es la líder: su artefacto ha fallado pero quería el artefacto para llegar al Gobierno, lo que pasa es que en el Gobierno ya estaba. Un lío, sí. Es como el otro día Antonio Maíllo en un acto de IU, con dos ministros detrás aplaudiéndole, pidiendo ser alternativa de Gobierno.

La izquierda, tan universalista y abierta, siempre en busca de la unidad y de la mayoría popular, se comporta a veces sin embargo como un club en el que es difícil entrar. Si hablas de seguridad, facha. Si hablas de toros, facha. Si no compartes los dogmas sobre inmigración, conservador. Lo ponía de manifiesto así el otro día, y con estos argumentos (los ejemplos son suyos) Emilio Delgado en una entrevista previa al acto de resurrección de las izquierdas que moderó Sarah Santaolalla y en el que intervinieron Rufián y el citado Delgado, valor al alza, tertuliano documentado, piquito de oro y hombre comprometido que ha hecho su vida en la periferia de Madrid y que tiene un escaño en la Asamblea por Más Madrid. Va mucho al gimnasio. Le puede disputar el puesto (el de máximo referente de Más) a Mónica García, ministra de Sanidad.

Rufián quiere que algo se mueva, que en la izquierda haya debate y, sobre todo, que haya unidad. Ese mantra. La derecha llegó a gobernar en Andalucía, por ejemplo, porque presentó tres ofertas, tres listas, Ciudadanos, Vox, PP. Desunión total, gobierno seguro. La derecha ahora seguramente ganaría unas generales por eso mismo: por tener dos opciones. Lo de la izquierda es distinto, sí. Ya sabemos. Como sabemos la vigencia del chiste soviético: entran tres comunistas en un taxi y al bajar ya hay cuatro partidos.

La gira de Rufián por auditorios, autonomías y mesas redondas no sabemos si va a seguir, si se ha cortado o si en si misma puede granjearle un modo de vida; tiene que elegir si quiere ser Lerroux o Anguita. Le falta mucho para ambas cosas. Pero lo ha advertido con claridad: cualquier día más pronto que tarde Vox, PP y Junts se unirán. Cada uno con su bandera. Pero con los mismos intereses.

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