Opinión
IA: hay un desafío en la escuela

La Inteligencia Artificial, a debate en la CEV. / LEVANTE-EMV
La Inteligencia Artificial es ya un ingrediente del aire que respiramos. Se filtra en la consulta de los médicos, transforma el cuidado de los mayores y fluye, como una corriente eléctrica, por los millones de conductos que mantienen en marcha la fábrica social.
Es una herramienta que no solo está cambiando la realidad de las cosas. Es también un relato mediante el cual los poderosos quieren imponer una imaginación disciplinada.
Si miramos hacia Oriente, descubrimos una homogeneidad granítica. En la China de los 1.416 millones de habitantes, el optimismo es obligatorio. Durante la reciente Fiesta del Año Nuevo la consigna estatal fue saturar Internet de mensajes de felicidad.
La República Popular China ha convertido el progreso tecnológico en la máscara bajo la cual el individuo es un mero relieve del colectivo feliz. La tecnología es una bendición, un regalo de la inteligencia, humana o artificial, con la que la libertad se canjea por un bienestar sin que las personas tengan opciones de opinar. Con la fuerza del algoritmo, «todos somos Pocoyó».
También a orillas del Pacífico, en el Silicon Valley de los Estados Unidos, el relato nos arrastra al otro extremo de las emociones. Los laboratorios que concentran el conocimiento, y acumulan los beneficios, de la IAG asisten a la huida de unos ingenieros que —como el replicante de Blade Runner— dicen haberle visto la cara al Apocalipsis.
Son los nuevos profetas que anuncian que la mente humana está en jaque y que la IAG ya puede provocar una pandemia de identidades falsas pero capaces de hacernos creer que son pura realidad.
Esa imaginación de la IA asegura que estamos en riesgo de perder la Verdad que compartimos y que depende de instituciones tan fundamentales como el periodismo, la ciencia, la educación o la justicia.
En el resto del mundo, el uso de la IA se extiende como una gigantesca mancha de aceite. En su primera semana de oferta, 700 millones de personas usaron ChatGPT y la cifra crece al compás de los motores chinos, norteamericanos y europeos.
Un estudio sindical reciente afirma que el 56% de las grandes empresas españolas trabajan ya con IA. El Senado español acaba de aprobar unas directrices para regular su uso en la vida parlamentaria. En un restaurante del aeropuerto de El Prat el público es atendido por un camarero que es una IA. La presidenta del Banco Santander apuesta por la IA como motor de crecimiento y prevé ganar 20.000 millones en 2028.
Durante la pandemia y poco después abundaron los libros que prometían un salto de la IA a la utopía. Se decía que la eclosión tecnológica justificaba la idea de aprobar una renta universal o una gigantesca operación de solidaridad para redistribuir la impresionante riqueza que podía aparecer con este nuevo «dividendo digital».
Recientemente, frente a Estados Unidos y China, España y Francia —con motores como ALIA o Mistral—han entonado una melodía distinta. En la reciente reunión mundial de Delhi se han comprometido, junto con otros países, a dar la batalla por una IA tratada como un bien común de la humanidad. Una declaración que proclama la defensa de una regulación democrática y sigue una imaginación fundada en el Humanismo Digital.
Esta nueva filosofía se nos presenta como un proyecto de resistencia activa que sopesa la realidad con la misma audacia con que la pensaron los griegos clásicos y los europeos del Renacimiento, es decir, las dos versiones del Humanismo más potentes de la historia.
El Humanismo Digital es una filosofía de resistencia y repleta de dificultades tan enormes como la de poner en marcha un debate cómo la IAG puede ser aprovechada por la Humanidad como una fabulosa fuente de prosperidad compartida.
Más allá de la filosofía y ante la invasión imparable de la IAG, el destino de la parte del mapa donde figura España no debiera jugarse ni en la fabricación tardía de chips ni en la reproducción, desde el pánico, de los imaginarios que vienen del Pacífico. Como ya sucediera con la irrupción de Internet, la IA no es un fenómeno recreativo ni un accesorio de consumo; es un desafío estructural que sacude los cimientos de nuestra organización social.
Por eso, el blindaje de la libertad no puede delegarse exclusivamente a la regulación de los gobiernos. La respuesta debe nacer también del común de los mortales y tiene su primera trinchera en la escuela. Es allí donde los motores europeos —nuestro ALIA o el Mistral francés— pueden aliarse con una generación entera de profesores para convertir el sistema educativo en el laboratorio de una nueva ciudadanía crítica.
El dominio de la inteligencia artificial empieza por desentrañar el contenido de las cajas negras para que nadie nos dicte el pensamiento. Como pidió el filósofo alemán Kant hace tres siglos: ¡Sapere Aude! Atrévete a saber y a enseñar a las próximas generaciones a defender su imaginación frente al cambio de mapa mental que imponen los poderosos.
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