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Trump siente celos de Sánchez

Donald Trump.

Donald Trump. / DPA vía Europa Press

Donald Trump no solo singulariza en público a las mujeres que considera hermosas, también a los hombres a quienes adjudica dotes de galán. Con el presidente estadounidense no son negocios, todo es personal, se comporta como los seres competitivos que se colocan subrepticiamente a tu lado para cerciorarse de que son más altos. De ahí que sienta unos celos shakespearianos de Pedro Sánchez, porque le recuerda a sí mismo cuando ejercía de galán que moldeó el mito del actual Nueva York. Con o sin Jeffrey Epstein.

Cuando Trump habla de "romper todos los vínculos con España", se comporta como el Rey de 'Blancanieves' a quien el espejito acaba de comunicarle que hay otro conquistador más atractivo en la ciudad. No ha llegado a los extremos de las descalificaciones de Feijóo contra Sánchez, pero "antipático" siempre sonará definitivo en labios de un amo del Universo. Y el odio está tan personalizado que el presidente estadounidense se guarda de mencionar al objeto de sus celos, apenas roza en los labios la palabra "liderazgo". El despecho individualizado se suma a la incierta circunstancia trumpista, porque las cosas no ruedan a su favor por primera vez en lo que va de mandato. La presión de los titanes económicos amenaza con resultar más disuasoria que la resistencia iraní.

Trump contra el resto del mundo es una confrontación unilateral, sin partido de vuelta. España no puede independizarse de Estados Unidos, ni siquiera cabe amagar con una reversión a la autarquía, por mucho que Sánchez simule reeditar la Yugoslavia de Tito. La triste historia española descrita por Gil de Biedma, que siempre "termina mal", confirma que nadie puede controlar las bases conjuntas hispanoestadounidenses, auténticas zonas de ocupación. Todavía hoy, la salvaguarda de Occidente está encomendada sin fisuras a la OTAN yanqui, que el presidente americano quiere privatizar. La Moncloa no puede rebelarse como un enclave independentista, salvo que pretenda remedar la triste imagen de los actores españoles en los Goya, censurando al país donde darían al menos un brazo por tener la oportunidad de triunfar.

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