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Más madera

Carlos Espí celebrando su gol decisivo ante el Alavés

Carlos Espí celebrando su gol decisivo ante el Alavés / LALIGA

Para llegar a esta final, que lo es, con todas las letras (la madre de todas las finales), había que ganar la otra. Y se ganó. Con un punto de suerte y tras una primera parte lamentable en la que es cierto que Álvarez falló solo ante el portero, pero también que el Alavés apabulló a un Llevant acongojado. Fue una puesta en escena inexplicable para un partido determinante, la última oportunidad del Llevant de reengancharse a la esperanza de seguir en Primera. Surgió la peor escuadra granota de la era Castro en el momento más decisivo del año. Sea porque físicamente no estaba bien o por otra razón, pero Ugo Raghouber firmó un encuentro desastroso y la esperanza de Castro, depositada en un equipo que tenía que mover el francés, se fue al garete. La segunda mitad fue otro cantar, con un Llevant más vertical y ambicioso, que ya mereció la victoria, y que la consiguió, gracias a Espí, que rompió una suerte de conjuro. Y también claro, a la expulsión de un babazorro.

Ganar fue balsámico, el pasaporte para esta otra final. Contra el Girona. Y como todas las finales, solo sirve ganarla. La victoria mete al Llevant completamente en la pelea. La derrota lo devuelve a la casilla de salida.

El Girona de Míchel es un equipo complicado, pero esto es Primera y la salvación solo es posible ganando a equipos con grandes argumentos futbolísticos. Quien no lo consiga se marcha al hoyo, se hunde sin remedio. Igual que justificamos en su momento la falta de victorias ante rivales de la parte alta de la tabla, ahora no hay opción de éxito en caso de pinchar contra otros de nuestra liga. Es el momento clave de la temporada. Orriols debe ser de nuevo una caldera que lleve en volandas al equipo. Imaginen el viaje a Vallecas, si ganamos. Puede ser apoteósico. A por ello.

Sin la chistera de Álvarez

Pese a que no está viviendo la temporada de su vida, la presencia de Carlos en el equipo permite soñar entre líneas, cuando el Llevant se acerca a la frontal. Tuvo dos mano a mano, con 0-0, contra el Barça y no acertó. Frente al Alavés, tiró una por encima de la madera, con todo a favor, y golpeó otra en el palo. A veces el balón sencillamente no quiere entrar. Pero un día, igual que llegó esa ojeriza del destino, se marcha y la magia vuelve a fluir. Esperemos contar pronto con ella en nuestras filas, de nuevo, después de cien partidos con la elástica levantina. De momento, mientras no esté el andaluz, quizá es el momento de jugar con dos puntas, de echar a Iván a una banda, de confiar en que Etta también destapará el tarro de las esencias, en algún momento y, por supuesto, de que el máximo goleador del equipo, un chaval de Tavernes de la Valldigna, deje de perder tiempo en el banquillo. Y, táctica, colectivamente, es hora sobre todo de mejorar, con carácter de urgencia, el balón parado y los centros laterales.

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