Opinión

Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos
En la Ciutat de la Música
Para que Valencia sea considerada Ciutat de la Música, no es preciso poner a sonar pianos en las esquinas, ni organizar desfiles de charangas: hay que encontrar gestores avezados para conocer la excelencia y programarla, como ha ocurrido con 'Giulio Cesare in Egitto' en Les Arts

Una de las escenas de la ópera Giulio Cesare in Egitto / ED
Hace tres meses, recibí una mañana la llamada de Jesús Iglesias y en una breve conversación, me invitó a que escribiera las “notas al programa” de la ópera de Händel que iban a estrenar: Giulio Cesare in Egitto. La inesperada propuesta me llamó sorpresivamente la atención porque nunca había escrito un texto de acompañamiento operístico y hacía muchos años que la había escuchado en una grabación discográfica. Le reiteré si estaba seguro del encargo y, tras una breve insistencia, me sentí obligado a aceptar. Eso sí, le comuniqué que renunciaba a ser remunerado y que asistiría al estreno: ¡Hecho! Me dijo. Y así quedamos.
Ni que decir tiene que, de inmediato, me puse manos a la obra: inicialmente pedí bibliografía a mis amigos: Francisco Perales (hasta hace cuatro días director del Cor de la Generalitat), a Ana Luisa Chova y a Ofelia Sala, catedráticas de canto del Conservatorio Superior de Música y consulté la biblioteca de la Real Academia. En cinco días tenía la mesa de trabajo totalmente ocupada por volúmenes en tres idiomas distintos referidos a las óperas de Händel y muy, concretamente, a la que tenía que estudiar. Lo más curioso del caso es que para los tres, era una ópera familiar: Perales, la había dirigido en versión concierto y Ana Luisa y Ofelia me hablaron de ella con una naturalidad de andar por casa: “Cleopatra, tiene ocho arias” me dijeron. Todos afirmaron que, tal y como aún yo recordaba, era una preciosa partitura.
Alternando la lectura con una visualización muy calmosa de sus distintas versiones, me puse al tajo, ilusionándome poco a poco por una iniciativa que me obligó a aparcar otros proyectos pendientes: tenía hasta el dos de febrero como límite de tiempo y dos mil palabras de extensión -me escribieron, muy amablemente-.
Redescubrir (con el compromiso de escribir sobre ello), una partitura como la de Giulio Cesare, ha sido uno de los grandes placeres que he podido experimentar en los últimos tiempos, porque me obligaba a atender con minuciosidad, a penetrar en los entresijos sorprendentes de su formidable música barroca y a comprender mejor, si cabe, el tiempo en el que se produjo esta obra maestra de la creación humana: era el principio de la Ilustración (se estrenó en el King´s Theatre de Londres el 10 de febrero de 1724), en una ciudad emergente, regida ya por una monarquía parlamentaria que ordenaba sobre una sociedad muy estructurada, con una prosperidad notable más acumulada en la nobleza, a la se incorporaban los comerciantes ricos, coexistiendo con una clase trabajadora muy precaria e incluso marginal, cuyos contrastes desencadenarían grandes protestas con el transcurrir del tiempo. Händel convivía con las clases dominantes y conocía muy bien aquel ambiente porque había visitado la corte en distintas ocasiones desde que acometiera su primer viaje a Gran Bretaña en 1710. El éxito de la partitura fue tremendo, porque su autor ya poseía entonces una profunda formación musical, no solo por sus estudios en la corte de Sajonia-Weissenfels, donde aprendió órgano, clave y violín (pero también composición), sino porque había estudiado en Italia (1706) cuando tenía 21 años, conociendo a Alessandro y a Domico Scarlatti, a Caldara y a Corelli en Roma, y a Vivaldi y Albinoni en Venecia: en aquella época Italia era el lugar de la excelencia de la ópera, el oratorio, la cantata de cámara y las formas instrumentales, el concierto y la sonata.
Existen varios aspectos que, en sus inicios, acompañaron la producción de este Giulio Cesare, que vale la pena analizar: inicialmente que, como ocurre en la versión del Palau de les Arts, la vestimenta de los personajes ocupó una importancia destacada, si bien con un carácter distinto: en aquel Londres del XVIII, los ropajes egipcios del día del estreno, causaron un fuerte impacto en las modas al uso de la aristocracia, especialmente entre las damas. Hoy, en la versión de les Arts, estamos ante un proceso vinculado a la moda, asimismo, destacado, pero inverso, a través de las preciosas creaciones de Christian Lacroix. Pero también hay aspectos en la producción de aquel libreto que cabe resaltar: su componente 'Ilustrado', el carácter humanista de los textos, con el culto al hombre como sujeto autónomo en vías de realización, ahondando más en las reflexiones de los personajes, que en las circunstancias o los hechos, aunque mantengan un potente contenido histórico.
Aquí, Händel se nos muestra dominador de la composición vocal con una musicalidad fluida, con fraseos deslumbrantes en arias preciosas y prolongadas que requieren un exigente dominio técnico de los intérpretes para trasladar sus emociones al público, al mismo tiempo que utiliza un complejo aparato orquestal, cuyo conjunto –y en la versión de les Arts se pone en evidencia- es de tal nivel y sugerente belleza, que no necesita del historicismo suntuario para que nos sintamos trasladados el universo de las emociones sensibles, que es lo que Händel pretendía a través de poner al servicio de la partitura toda la gran amplitud de sus conocimientos y de la máxima belleza que su mente pudiera elaborar. Todas las críticas del país se han volcado positivamente ante esta producción, convertida por Marc Minkowski, su director, y la totalidad del elenco, en un verdadero acontecimiento, en el que han destacado la soprano valenciana Marina Monzó (Cleopatra) y el contratenor Argel Nussbaum Cohen (Giulio Cesare).
Mientras sabemos y disfrutamos de la música popular y de 'otras músicas', potentes elementos de comunicación emotiva o social, en unos casos, y de ocio o de relajación, en otros, nos damos cuenta de que somos capaces asimismo, de programar eventos propios de la excelencia, parangonables a los de los espacios más acreditados del mundo, como es el caso que nos ocupa y en el que me encontré con la opción de colaborar de un modo inesperado y que, al tratarse de un resultado tan extraordinario, me ha hecho sentirme feliz.
A mi juicio, para que Valencia sea considerada “Ciutat de la Música” (me parece impropio su título en inglés), no es preciso poner a sonar pianos en las esquinas, ni organizar desfiles de charangas por las calles, ni exaltar forzosamente a la Piquer, ni a Nino Bravo (que por cierto había nacido en Ayelo de Malferit), hay que encontrar gestores avezados para conocer la excelencia y programarla, como ha ocurrido en este caso. El universo de la música tiene infinidad de variables, pero distinguir en cualquier ámbito, lo bueno de lo efectista y mediocre, no es un asunto fácil, si bien, se hace necesario para evitar que lo público se convierta en lo superficial y aparente.
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