Opinión
L’Albufera, más que una candidatura
El Gobierno da el impulso decisivo para su reconocimiento como espacio clave para la biodiversidad, la gestión del agua y la protección territorial frente a episodios extremos como la dana

La candidatura debe servir para preservar l'Albufera / Miguel Angel Montesinos
El avance de la candidatura de l’Albufera para ser declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco supone una noticia relevante para la Comunitat Valenciana. No solo porque el humedal haya superado ya una primera revisión administrativa dentro de un proceso largo y exigente, sino porque ese paso vuelve a situar en primer plano el valor estratégico de uno de nuestros espacios naturales más emblemáticos.
L’Albufera representa mucho más que un paraje de alto valor ambiental. Es un ecosistema singular, de enorme riqueza biológica, pero también un espacio profundamente vinculado a la historia, la economía y la cultura. El lago, los arrozales, la red de acequias, la pesca tradicional, la huerta y los núcleos de población que conviven con el parque conforman un paisaje que no puede entenderse únicamente desde la conservación estricta, sino también desde la interacción histórica entre actividad humana y medio natural.
Precisamente por ello, la figura de Reserva de la Biosfera encaja con la realidad de l’Albufera. No se trata solo de reconocer sus valores ecológicos, sino también de reforzar un modelo de gestión que permita compatibilizar protección, desarrollo local, conocimiento científico y participación institucional. Ese es el verdadero alcance de una candidatura que obliga a pensar el futuro del humedal desde una visión más amplia, más coordinada y más estable.
La dana de octubre de 2024 dejó una evidencia difícilmente discutible; evidenció que l’Albufera desempeña una función determinante en el equilibrio territorial y en la capacidad de respuesta frente a fenómenos meteorológicos extremos. El humedal actuó como una gran zona de absorción y laminación de agua, amortiguando parte del impacto de la riada sobre su entorno. En un contexto de creciente vulnerabilidad climática, ese papel adquiere una dimensión que va mucho más allá de la protección ambiental convencional.
Ahora bien, esa función de defensa natural también puso de manifiesto la fragilidad del sistema. L’Albufera absorbió una parte sustancial del episodio, pero sufrió al mismo tiempo sus consecuencias en forma de sedimentos, arrastres y una mayor presión sobre un ecosistema que desde hace años arrastra problemas estructurales relacionados con la calidad del agua, los aportes hídricos y la conservación de sus hábitats. El humedal presta un servicio esencial al conjunto del territorio, pero necesita a su vez una atención sostenida y una política de restauración a la altura de su importancia.
La candidatura a la Unesco puede ser, en ese sentido, una oportunidad. Se debe mantener la unidad institucional como un incentivo para consolidar una gobernanza más eficaz, mejorar la coordinación entre administraciones y avanzar en un plan de gestión que combine protección, usos tradicionales y adaptación al cambio climático.
El valor de l’Albufera no necesita ser descubierto. Está acreditado desde hace décadas por la ciencia, por la memoria colectiva y por la experiencia de quienes viven en su entorno. Lo que sí requiere es una respuesta coherente con esa relevancia. El reconocimiento internacional sería importante, sin duda. Pero más aún será que ese proceso sirva para asegurar la preservación real de un espacio imprescindible para la biodiversidad, para el paisaje y para la vida valenciana.
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