Opinión | Bolos
Llorca tiene bastante con un Palau
El edificio de Correos permanecerá cerrado tras el uso fallero que le dieron alcaldes y cargos del PSPV

Colas para entrar al Palacio de las Comunicaciones que en 2023 acogió la exposición «De la foscor a la llum» con obras de la colección Lladró. / Fernando Bustamante
Una de las decisiones de estos primeros cien días de Juanfran Pérez Llorca ha pasado casi inadvertida. Y no es menor, pues es mantener cerrado el edificio de Correos durante las mascletás. El rebautizado como Palacio de las Comunicaciones, que el Botànic compró al Gobierno en 2021 por unos 24 millones, acabó convertido en un balcón fallero mestizo de alcaldes y cargos del PSPV, una especie de réplica simbólica frente a la oficial del Ayuntamiento, donde Compromís imponía su liturgia.
Como es sabido, el edificio albergará la colección Sorolla de la Hispanic, y para ello deben acometerse obras de acondicionamiento propias de un museo. Tras el cambio de ciclo de 2023, el PP dejó de competir contra sí mismo en ese escaparate. En las Fallas de 2024, Carlos Mazón optó por un perfil bajo en esos ventanales privilegiados de la plaza que con razón se conoce como la catedral de la pólvora, para cederle todo el protagonismo a María José Catalá y al balcón consistorial. Un año después, Mazón pasó de puntillas por las Fallas por motivos sobradamente conocidos. De ahí que existiera cierta curiosidad institucional por comprobar qué haría.
Llorca ha impuesto su decreto del trellat, ese de no meterse en ningún charco innecesario. Lo anunció y lo está cumpliendo con disciplina. Mucho más en el terreno de la alcaldesa, a la que necesita tanto o más que Mazón cuando aterrizó en el Cap i Casal. Habría podido dejarse seducir por el cargo —no habría sido ni el primero ni será el último— y convertir esos pasillos eclécticos de inspiración francesa en una escenografía de poder con vistas a la plaza del Ayuntamiento.
Pero Llorca, que antes que president sigue teniendo reflejos de alcalde, prefiere la calle al decorado. Así que, aunque tiene la llave, ni siquiera se planteó reabrir ese vestíbulo coronado por la gran cúpula acristalada que tanto fascinaba a la corte de pelotas que rodeaba a Ximo Puig, en el Consell y en el PSPV, y que tan poco favor le hacía. A la vista quedó con el diseño de aquella campaña electoral perdida que merecería estudiarse en las facultades de Ciencias Políticas como un manual invertido de lo que no debe hacerse.
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