Opinión
Las "Tres Españas"

Un colegio electoral en la jornada del 23-J de 2023 / Agustí Perales Iborra
Son el legado del 23 de julio de 2023, aunque viene de muy lejos. Han pasado cerca de tres años y el escenario político dibujado entonces por las urnas se ha consolidado como la nueva realidad de la política española. Lo que entonces era una fotografía del resultado electoral, con el 70% de participación, se ha revelado como el negativo de una legislatura compleja, donde la aritmética ha demostrado ser el menor de los problemas.
Recordemos los datos definitivos de aquel 23-J. Con el 100% escrutado, el PP liderado por Núñez Feijoo ganó las elecciones con 136 diputados y 8.061.430 votos (33,03%), seguido del PSOE liderado por Pedro Sánchez con 122 y 7.738.099 votos (31,7%). Pero en España no manda quien gana las elecciones, sino quien es capaz de conformar una mayoría parlamentaria; esto es, juntar el apoyo de 176 escaños del Congreso de los Diputados para la Investidura cómo presidente del Gobierno
La derecha, sumando PP y Vox (33), alcanzó los 169 diputados; la izquierda, con PSOE, Sumar (26) y Podemos (4), se quedó en 152. El tercer bloque, el de los partidos regionalistas, nacionalistas e independentistas, obtuvo un total de 29 diputados, que sería determinantes para la conformación de una mayoría parlamentaria: ERC (7), Junts (7), EH Bildu (6), PNV (5), BNG (1), Coalición Canaria (1), UPN (1) y Compromís (1).
Él PSOE recogió el apoyo de 180 diputados, los 152 de la izquierda más 28 “territoriales”, invistiendo a su secretario general, Pedro Sánchez, cómo “inquilino” de la presidencia de la Moncloa, la sede de la presidencia del Gobierno de España. Pero quien eran determinantes en esa “suma” eran el PNV y JuntsxCat, dos partidos de centroderecha que no estaban dispuestos hacer amigos con los populares mientras estos se sentaran a la mesa con los voxistas. Además, ni los primeros, nacionalistas de visión confederal, ni los segundos, con su deriva independentista, representaban una alternativa viable para el PP mientras se mantuvieran en sus trece, más bien al contrario. De los dos, la clave es JuntsxCat: es quien tenía y sigue teniendo la llave de la estabilidad de la coalición, y Puigdemont no aceptará nunca sentarse en una mesa donde esté invitado Santiago Abascal. Una situación que solo beneficiaba y sigue beneficiando el mantenimiento de la mayoría parlamentaria que sustenta al gobierno de Pedro Sánchez.
La melancolía popular por la falta de mayoría suficiente se transformó rápidamente en la cruda realidad de un país fragmentado en tres bloques con visiones de España no solo distintas, sino a menudo antagónicas. En esa encrucijada, tres caminos se abrían a los populares si quería gobernar a resultas de una nueva contienda electoral: gestionar el seguro chantaje de Vox para conformar una nueva mayoría parlamentaria; absorber a los voxistas en una “Casa Común” de centroderecha; o replantear su política territorial para buscar apoyos en el bloque de “los 29”. Tres años después, la evidencia muestra que ninguna de las tres vías se ha materializado. Los estudios demoscópicos y los resultados en las anticipadas de Extremadura y Aragón indican que Vox, la extrema derecha, lejos de ser una exhalación toxica se ha consolidado; amplia una base cercana a los cuatro millones de votos y su “marca” es innegociable para el PP que no ha logrado articular esa "Casa Común” a 86 semanas de nuevas elecciones.
La estrategia de los populares se ha centrado en una oposición dura a todo lo que huela a Pedro Sánchez sin conseguir arañar apoyos significativos entre los partidos territoriales, ni frenar el ascenso de Vox a su costa. Tal como se vaticinaba, la relación con JuntsxCat es, cuanto menos, tormentosa; Puigdemont no es Jordi Pujol y Abascal es un indomable corsario. El PSOE, por su parte, ha logrado mantener la mayoría de la investidura, pero a costa de una debilidad parlamentaria crónica que ha marcado toda la legislatura; eso, a pesar de la debilidad de sus expectativas electorales. El precio de los apoyos del tercer bloque ha sido elevado y volátil; la ley de amnistía, piedra angular del pacto con los independentistas catalanes, ERC y JuntsxCat, ha sido un constante campo de batalla jurídico y político, con una aplicación tortuosa que aún hoy genera incertidumbre.
La gobernabilidad de España se ha convertido en un ejercicio de funambulismo, donde cada votación en el Congreso es una negociación al límite y las noticias al día dejan a la ciudadanía en una exhalación. La negativa de JuntsxCat a convalidar decretos clave del gobierno, o la estrategia de Vox a largo plazo del “sorpasso” al PP de la que saca rentabilidad el PSOE con la clásica táctica de la “pinza” además de ahuyentar cualquier intento de amistad del PP con el PNV o con Junts, son síntomas de encontrarnos en un callejón sin salida que impide cualquier atisbo de estabilidad política.
La tesis de las "tres Españas" cobra hoy más fuerza que nunca; no son solo dos bloques irreconciliables -Izquierda Vs Derecha- sino un tercer bloque que, lejos de ser un mero apoyo circunstancial, impone su propia agenda y visión. La melancolía de 2023 se ha transformado en la fatiga de una “política de bloques” donde gobernar se ha convertido en sobrevivir, un ecosistema dónde Pedro Sánchez es un maestro. Y es que aquel 23-J nos dejó un Congreso ingobernable. Tres años después, la evidencia es tozuda: España ha aprendido a convivir con su propia fragmentación, aunque el precio sea una política de permanente negociación y una gobernabilidad en precario, pero es lo que hay. Las “tres Españas” no solo siguen ahí, sino que han venido para quedarse; y sin embargo el centralismo madrileño sigue hablando de “los territorios” sin entender el legado de aquel lejano 23 de Julio de 2023.
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