Opinión | Bolos
La mascletà metropolitana de trenes
La fragilidad de la movilidad queda expuesta durante las Fallas ante el necesario equilibrio entre el ocio y la seguridad que las administraciones deben garantizar

Un convoy de Metrovalencia abarrotado en estos días de prefallas. / ED
A la mínima, la movilidad ha saltado por los aires en plenas Fallas. Y no será porque no estuvieran avisados. Justo el día en que echaba a andar la factoría de expertos que dirige Joan Romero para diseñar la nueva metropolitanidad, la petición de València para restringir la llegada de trenes a la Estación del Norte antes, durante y después de la mascletà ha desatado un cisma entre las administraciones implicadas. Todo ello, además, por algo que Metrovalencia lleva años haciendo con absoluta normalidad, eso de cerrar las estaciones más próximas a la plaza del Ayuntamiento durante los actos pirotécnicos.
La tan invocada colaboración metropolitana ha vuelto a hacerse añicos a cuenta de la elección de Albal como parada para las líneas C1 y C2 de Cercanías, las que llegan del sur. Nadie discute, en cambio, que la C3 termine en Sant Isidre y las C6 en Cabanyal y Font de Sant Lluís. La nueva estación de Albal, cierto, queda lejos y mal conectada con València. Pero, en vez de resolver ese último tramo para los viajeros que quieren llegar al epicentro fallero, ha pasado lo de siempre y se ha convertido un problema de gestión en una reyerta política. Una vez más, el cruce de reproches pesa más que la obligación de pensar en el usuario.
La dana ya dejó al descubierto la fragilidad de la movilidad metropolitana. Las Fallas no hacen más que someter esa debilidad a un test de estrés diario. Y eso que el uso del transporte público se dispara, sobre todo gracias a una oferta nocturna que desaparece el resto del año. Hay poco margen, sí, porque este viernes es la fecha elegida para que Cercanías ensayara el vaciado de la Estación del Norte. Pero incluso con el reloj en contra, siempre hay tiempo para garantizar un equilibrio razonable entre ocio y seguridad.
Vendría bien algo de altura política en estas fechas tan señaladas, ahora que una cierta normalidad entre Juanfran Pérez Llorca y Ximo Puig intenta abrirse paso entre los coristas de la bronca permanente, empeñados en exportar la polarización tóxica desde el Kilómetro Cero de las Españas.
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