Opinión | Traspapelado
Bryce, Fernando Delgado y un mundo que duela menos

Fernando Delgado, en una imagen de 2022. / Efe/Biel Aliño
Hacía tiempo que su nombre se me había traspapelado en algún cajón de la memoria. Hacía tiempo que había dejado de ser actualidad literaria y no era un pope de las letras americanas: no era Vargas, no era Cortázar, ni tampoco García Márquez. Era como un alumno atento que llegó cuando aquellos ya opositaban a la cátedra. Era un boomer latinoamericano de refilón, la cola del cometa. Posiblemente no estaba a la altura en cuanto a calidad sostenida de toda una obra ni como figura totémica, pero cuánta dicha ha esparcido este santo bebedor que dijo alguna vez que su humor (tibio y acogedor) era para que el mundo duela menos. Escucho la noticia de la muerte de Alfredo Bryce Echenique y vuelvo a mis años de estudiante, a las tardes enteras sin horas y con muchos libros, al goce puro de descubrir el mundo de Julius y a Martín Romaña, el de la vida exagerada y el que hablaba de Octavia de Cádiz. Era como tener como vecinos al Lazarillo o a Estebanillo González. Pienso en esos libros que te llenan, que no quieres abandonar, a los que ansías volver cuando tienes que parar de leer porque la vida es así de injusta. Y pienso cuánto hace que se fue esa emoción, el tiempo sin reencontrarla. Posiblemente lo que se fue es la juventud y una forma de tener los ojos en el mundo, que ya no es para Julius. Posiblemente he cambiado más yo que los libros.

Alfredo Bryce Echenique. / Europa Press
Perdonen que les hable de mí. Hace dos años que se fue Fernando Delgado, el de las muchas vidas (la canaria, la madrileña, la valenciana; la de periodista, presentador famoso, escritor, político de paso), y un grupo de aquella gente que tuvo (tuvimos) la suerte de estar cerca de él en su etapa valenciana se ha empeñado en levantar una pared contra el olvido. Y en hacerla fuerte y que no se la lleve el aire. Por eso el próximo día 20 han quedado en juntar al universo fernandodelgadiano en uno de los lugares queridos del escritor, la librería Ramon Llull de València, para invocar el valor de la amistad con uno de los amigos canarios de Fernando, Juan Cruz, hablar y demostrar que los libros buenos no se acaban en la última página cuando uno deja tantos afectos en este mundo. Como la cosa no se quiere pasajera, porque Fernando era de liturgias a su modo y gusto y no hay rito sin reiteración, el objetivo de esta buena gente es repetir más o menos en estas fechas cada año e instaurar un premio con su nombre concedido a alguien que destaque en algunas de esas facetas en las que Fernando dejó su huella, intentando que el mundo duela menos. Allí estaremos.
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