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València

El espíritu de Caszely marca el camino de Primera División al Levante UD en Vallecas

Caszely en aquel partido.

Caszely en aquel partido. / Archivo Alberto Villanueva / Museo del Llevant UD

“Poco antes de ese partido ante el Rayo, quiso volver a su país y le pidió al Colo-Colo que devolviera los ocho millones percibidos por su traspaso. El presidente Manuel Grau lo consideró una chiquillada y le convenció para que se quedara en el Llevant”. El maestro Salva Regües hace referencia («Memorias de un granota», p. 119) a un 16 de diciembre de 1973, cuando el Llevant asaltó Vallehermoso y Carlos Caszely anotó los cuatro tantos. Los madrileños se exiliaron a este campo del barrio de Chamberí entre el 72 y el 76, mientras se asolaba el viejo Vallecas, en estado ruinoso, y se construía sobre el mismo solar el nuevo, ahora otra vez en un estado calamitoso, impropio de una afición como la vallecana.

Pese a los sueños de grandeza de su presidente, ese curso el Llevant descendió a Tercera, entre otros junto a Osasuna (no había aún Segunda B ni categorías RFEF), y el Rayo logró la permanencia en la promoción contra el Langreo. También militaban en la categoría de plata otros “primeras” como el Sevilla, el Mallorca o el Betis, que acabó ascendiendo junto a Hércules y Salamanca.

Sorprendentemente, Caszely continuó, al curso siguiente, en Tercera con la elástica blaugrana, pese a ser un ídolo mundial. La categoría contaba con cuatro grupos y el Llevant perdió la promoción de ascenso contra… el Alavés. En su grupo quedaron en zona de nadie otros “primeras” como el Villarreal o el Girona. Tras el chasco, “el Gerente” se marchó al Espanyol, en Primera, y el presidente pudo recuperar parte de su inversión.

Grau Torralba fue un dirigente inequívocamente levantino, en el buen… y en el mal sentido del término. Auténtico “self-made man”, se dejó una fortuna en un club que dirigió sin tener demasiada idea de fútbol ni escuchar a quienes le rodearon. Sí que entendió que al levantinismo le escocía menos seguir, una década después, lejos de la élite si cada domingo podía disfrutar de un jugón como el chileno, y si la entidad montaba un torneo de verano espectacular, como el Costa Valencia, donde escuadras de renombre mundial visitaban Orriols. Otro asunto es cómo conseguían llegar al estadio, sin GPS, el Twente, el Dínamo de Bucarest, el Leicester o el Nancy de Platini, entre sendas, acequias, alquerías y huertas.

La fórmula de Grau, como la de tantos otros como él, no funcionó: deportivamente el Llevant no despegó y las arcas, cuando se marchó, seguían tan mal como siempre o peor.

El levantinismo vivía resignado, convencido de que su destino era una élite que había visitado de forma muy efímera entre el 63 y el 65. Al final del curso 1976-77, Grau abandonó la nave, con una amarga sensación de derrota, tras volver el club, otra vez, a Tercera. Si en aquel tiempo la grada de Orriols ya vivía una sempiterna ansiedad por regresar a Primera, pocos imaginaban que aún quedaban tres décadas de vagar por las catacumbas de nuestro fútbol, con episodios que rayaron el esperpento y con una supervivencia inverosímil.

El levantinismo sobreviviría a tanta adversidad, durante 39 años, con recuerdos mágicos como la exhibición del astro chileno en Vallehermoso, donde el Llevant firmó la única victoria a domicilio (0-4) de aquel curso y Caszely marcó un tanto “propio de un superclase, al dejar sentado a varios defensas y al portero, quedarse solo con el balón en la línea de meta y empujarlo con mimo dentro”.

Como no queremos volver a aquel tiempo, que tenemos marcado a fuego, en que nuestra fe inquebrantable se sostenía sobre mitos efímeros y frágiles leyendas, hay que ganar en Vallecas para hacer bueno el empate contra el Girona en casa y seguir en la pelea por la salvación, por la sostenibilidad y por nuestros sueños. Espera el Oviedo, en Orriols. Si llegamos con 25 puntos a ese partido, habremos conseguido lo más importante: acongojar definitivamente a los rivales que van por delante.

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