Opinión
El colapso de la movilidad metropolitana
La restricción de las líneas de Cercanías a València Nord durante las mascletás en Fallas evidencia una nueva falta de planificación

Llegada de uno de los últimos trenes de la C2 a la Estación del Norte de València
La seguridad es prioritaria y la movilidad metropolitana también. Esa es la doble lección que deja la crisis de los trenes durante la mascletà en València. Está acreditado que las restricciones a la Estación del Norte responden a criterios técnicos y a un riesgo real; al mismo tiempo que vuelve a evidenciarse que, cuando llega la prueba de esfuerzo de las Fallas, el sistema de transporte del área metropolitana se revela demasiado frágil.
Después del susto del 15 de marzo del año pasado, con centenares de personas atrapadas en una marea humana y decenas de avisos al 112, ningún responsable público podía mirar hacia otro lado. Si Policía Nacional, Policía Local y Bomberos desaconsejan la llegada de trenes a València Nord en plena hora punta de mascletà, la prioridad era evitar otra situación de peligro. En un contexto de alerta 4 antiterrorista y con una concentración masiva de personas en el corazón de la ciudad, no hay espacio para pulsos partidistas.
La decisión de mantener el plan alternativo, con final de trayecto en Albal para las líneas C1 y C2 entre las 13 y las 15 horas, puede no ser cómoda, pero sí parece la más prudente entre las disponibles. En las administraciones ha prevalecido la seguridad, aunque tarde y a regañadientes. No es una victoria política de nadie. Es, sencillamente, la obligación de gobernar con la realidad por delante.
Ahora bien, que la solución sea comprensible no significa que sea satisfactoria. Cortar el trayecto ferroviario a diez kilómetros de València y fiarlo todo a lanzaderas, conexiones improvisadas y pedagogía de última hora sobre la conveniencia de llegar antes a la mascletà es la prueba de un fracaso previo. No ha fallado la seguridad. Ha fallado la planificación.
El problema no es que este año se haya optado por restringir accesos a la Estación del Norte. La confusión es que una medida de este calibre haya estallado justo al inicio de los días grandes de la fiesta, sin una alternativa consensuada y ensayada. Que Ayuntamiento, Delegación del Gobierno, Generalitat, Renfe y fuerzas de seguridad hayan necesitado una reunión extraordinaria a contrarreloj para constatar que no podían mover una coma del dispositivo es lo más alejado a la necesaria coordinación.
La movilidad metropolitana de València lleva demasiado tiempo entre compartimentos administrativos y respuestas reactivas. La dana ya dejó al descubierto esa vulnerabilidad. Las Fallas la magnifican. Basta una alteración del patrón habitual, una huelga, un corte, una estación tensionada o una afluencia extraordinaria para que el sistema se acerque al colapso. Y, sin embargo, seguimos asistiendo a que cada administración descargue la culpa en otra, mientras el usuario queda relegado a variable de ajuste.
Lo más inquietante de esta polémica es que miles de personas solo quieren saber cómo llegar y volver con normalidad a una fiesta que también sienten suya, mientras los responsables públicos convierten un problema de gestión en una reyerta institucional. La imagen de alcaldesa María José Catalá y delegada Pilar Bernabé saliendo juntas, con tono conciliador, es mejor que el cruce de cartas y reproches de días anteriores. Pero llegaron tarde. Y cuando se llega tarde a la gestión, la política queda reducida a administrar daños.
No deja de ser paradójico que, en plena invocación a la “metropolitanidad”, la respuesta haya vuelto a ser cualquier cosa menos metropolitana. Se reclama colaboración en los discursos, pero en la práctica persiste la falta de un mando coordinado capaz de anticipar escenarios previsibles. Porque era previsible que la masificación en torno a la Estación del Norte entrañara riesgos. Era previsible que, si se limitaba el acceso ferroviario al centro, hicieran falta transbordos eficientes y bien comunicados. Era previsible, en definitiva, que las Fallas sometieran el sistema a un examen extremo. Lo que no era inevitable era llegar sin los deberes hechos.
La elección de Albal como estación terminal provisional puede haber funcionado con relativa normalidad en el primer ensayo, y ojalá el dispositivo siga respondiendo. Pero no conviene confundir con que esté bien resuelto. El hecho de que la ciudadanía haya respondido adelantando horarios o adaptándose una vez más a lo que hay demuestra responsabilidad social; pero no exonera a quienes debían haber diseñado con tiempo una alternativa mejor.
El compromiso de trabajar de aquí a 2027 en una solución técnica y duradera debería ser una enmienda a la totalidad a una forma de gobernar la movilidad que se ha demostrado insuficiente. València y su área metropolitana no pueden seguir dependiendo de remiendos extraordinarios para gestionar acontecimientos ordinarios dentro de su excepcionalidad festiva. Las Fallas volverán. Las aglomeraciones volverán. La pregunta es si volverá también esta sensación de que todo se decide demasiado tarde.
El área metropolitana de València necesita altura política y más planificación. Menos disputa y más compromiso con quien madruga para coger un Cercanías, enlaza con un metro o se sube a una EMT saturada. No más improvisaciones. Porque cuando la movilidad colapsa a la mínima, el problema ya no es de un día ni de una mascletà: es de modelo.
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