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Benjamin Netanyahu y Donald Trump, esta semana en la Casa Blanca.

Benjamin Netanyahu y Donald Trump, esta semana en la Casa Blanca. / Associated Press/LaPresse

Hace unos días el mundo se asomaba incrédulo a la imagen de un grupo de personas que tocaban coralmente el cuerpo insepulto de Donald Trump. Luego resultó que en realidad no estaba dormido, sino que cerraba los ojos para rezar. ¿Rezar?: pues sí, uno de los figurantes dijo “rezo por TU gracia y TU protección sobre nuestras tropas”, donde “tu” no está claro si se refería a Trump o a Dios. Otras oraciones (¿) eran más largas y su contenido, más impactante. Dejémoslo estar, de muestra basta un botón. Soy de los que pensaban que la historia no se repite jamás. Pero miren por dónde, empiezo a tener mis dudas sobre este aserto.

Mientras contemplaba las imágenes y leía los textos, tuve una sensación de déjà vu. Y es que todo lo que está sucediendo es muy antiguo. En noviembre de 1095 el papa Urbano II proclama en el concilio de Clermont-Ferrand la primera cruzada para que los cristianos pudiesen recuperar Jerusalén, que había caído en manos de los musulmanes. El llamamiento fue atendido por dos grupos humanos radicalmente distintos. La llamada “cruzada popular” fue una expedición de pobre gente, liderada por Pedro el Ermitaño, que no tuvo éxito, pues se saldó con el saqueo sistemático de los territorios de Alemania, de Serbia y de Hungría por donde pasaban, hasta que fueron diezmados en la batalla de Civetot, cerca de Constantinopla. Por otra parte, la verdadera primera cruzada consistió en una alianza de nobles de toda Europa dirigidos por Godofredo de Bouillon, quien finalmente conquistó Jerusalén (1099). Así se abrió un periodo de expansión de los europeos por Oriente medio, que, pese a que Jerusalén volvió al domino musulmán con Saladino, incentivó el comercio y la apropiación de territorios. Es lo de siempre, en las guerras de religión hay unos pocos que las ganan, y mandan, y unos muchos que las pierden, y obedecen. En esta guerra relámpago, “furia épica” la llaman, los mandamases que van ganando son Trump, ese peligroso abuelo Cebolleta, y Netanyahu, un tipo que está haciendo lo que los nazis le hicieron a su pueblo, solo que a costa de los palestinos y, ahora también, de los iraníes.

Los europeos conocemos bien las llamadas guerras de religión. Toda nuestra edad moderna fue pródiga en horrendas masacres sectarias entre las que destaca la matanza de hugonotes franceses por católicos de la misma nacionalidad en Paris durante la noche de San Bartolomé (1572), aunque hubo muchas más. A los españoles, esta historia no nos coge de nuevas, pues el emperador Carlos I, cabeza de la “Monarquía católica” y, por lo mismo, constituido en “defensor de la fe”, peleó contra los príncipes protestantes alemanes y, al mismo tiempo, contra el emperador otomano Solimán el Magnífico. Curiosamente se dieron alianzas contra natura, como la de los protestantes con los musulmanes sunitas (Solimán) y la de los católicos con el imperio Safáwida (persa), que era chiíta. Me imagino que Trump desconoce todas estas historias y tal vez su secretario de Defensa, Pete Hegseth, también. Mira por dónde, el emperador de occidente, protestante y, para colmo, descendiente de alemanes, vuelve a enfrentarse a cara de perro con los chiítas, sus antiguos enemigos. Pero la foto piadosa mencionada arriba no puede engañar a nadie, es algo más que una anécdota: en realidad las grandes alianzas políticas e ideológicas, son solo la parte emergente de intereses económicos larvados. Culturalmente lo terrible es que la imagen de los EE. UU. está perdiendo credibilidad ante el mundo en general y, sobre todo, en Europa. Todos sabemos que la mayor parte de los estadounidenses desciende de personas de nuestro continente. Ello ha tenido como consecuencia el surgimiento de una cultura peculiar de la que (a veces a regañadientes) nos sentimos partícipes. El cine, ciertos géneros musicales, la ciencia moderna… y muchos otros hábitos culturales no existirían si los padres fundadores hubieran redactado una constitución basada en los presupuestos de este presidente, que parece salido de un cómic.

En nuestro caso, el adocenamiento religioso partidista es todavía más antiguo. Toda la edad media de los estados que acabarían formando España transcurrió entre guerras contra los musulmanes, la llamada Reconquista, que a menudo se vendieron como cruzadas. Por ejemplo, la toma de Barbastro, en el norte de Aragón, se realizó por guerreros de toda Europa en calidad de “cruzados”. Tanto es así que cerca de Zaragoza hay un topónimo, Juslibol, que viene del grito de guerra de los cruzados: “deus li vult” (Dios lo quiere). Nos ha costado salir de este equívoco, pero lo cierto es que el lema “no a la guerra” es compartido por todos los españoles (o casi: no sé qué pensará el señor Obéscal, tan aficionado al franquismo e, imagino, a su idea de cruzada contra los rojos). Por eso, suscribo plenamente las lúcidas reflexiones del periodista valenciano Paco Cerdà, quien ha escrito un artículo de opinión en The New York Times del seis de marzo pasado y que se abre con este título: “I’ve Never Been a Patriot, but Spain Standing Up to Trump Has Made Me One” (Nunca he sido un patriota, pero España enfrentándose a Trump me ha convertido en uno de ellos”). Me entero porque lo ha compartido el catedrático de la University of Virginia, mi buen amigo David Gies. No todos los norteamericanos son trumpistas ni mucho menos. Claro que esta institución académica, de la que me honro en haber sido visiting professor, la fundó Thomas Jefferson, uno de los padres de la Constitución americana (1787), el cual fue el tercer presidente de los Estados Unidos. En el siglo XVIII veían el mundo de otra manera.

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