Opinión
Sobre despolitizar la cultura

Museo de la Ciudad de València. / F. Calabuig
No puede resultar tan complicado entenderlo: La cultura es política, como todo en la vida, pero la cultura más porque no se entiende sin la provocación, una provocación a la inteligencia, una nueva pregunta. Alguna respuesta, quizás, pero a través de nuevas preguntas que siempre se proyectan hacia delante, a un mañana que se quiere intervenir. La cultura es, como dirá Galeano, “un sistema de símbolos para comunicarse” y por ello es una expresión sometida a un momento y un lugar. Entendiendo que cualquier forma de representación diagnostica los cambios posibles.
A menudo se escucha eso de despolitizar la cultura. También el deporte, también las relaciones sociales. Despolitizarlo todo, incluso la política. Despolitizar como sinónimo de evitar el conflicto, evitar estridencias. Pero la cultura no puede alejarse de la política, es decir, de la visión crítica del espacio. Y no lo puede hacer no por el contenido o la financiación. No, no puede alejarse porque representa, al interpretarlo, un posicionamiento ante el tiempo, una forma de ejercer el estar, una apuesta por una existencia. Sobre todo una existencia no mercantilista, en la que el momento puede ser “perdido”, no responder a un fin más allá del disfrute.
La cultura no es contenido, es conducta. Por tanto, no es politizable, es política. Elección y renuncia. Quizá es asimilable a la educación, que más que saberes, es ejemplo. Una conversación bidireccional como mínimo y quizá diálogo plural. Nunca es un discurso. Antes bien, se trata de un crecimiento que baja y sube a la platea, que sale de un instrumento pero también regresa a los oídos del músico, que se proyecta al porvenir pero también hereda del ayer. Diálogo, simplemente diálogo.
Si la cultura no reflexiona a contracorriente sin someterse a la dictadura de la utilidad poca cultura es. Será un producto, quizá. Una herramienta para perpetrar y reproducir desigualdades y discriminaciones a través del interés del capital.
Despolitizar la cultura (o exigirlo) representa una reclamación de clase de quien pretende desmilitarizar una herramienta que carga contra la hegemonía política y económica que marca la jerarquía del valor. Es un acto de elitismo cultural estratificador presentista que no entiende que la cultura calza zapatillas de largo recorrido. No es un decorado, es, al mismo tiempo, un medio de transporte y unas gafas.
Jacques Derrida lo dejará claro: “l n’y a pas de hors-culture”, nada hay fuera de la cultura.
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