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Opinión | Va de Bo

Los dioses griegos en el Monte Olimpo de Pelayo

Francés y Nacho celebran el triunfo en Pelayo

Francés y Nacho celebran el triunfo en Pelayo / L-EMV

“Molt orgullós de com jugaren i enhorabona als campions”, son las palabras del padre de Alejandro en las redes sociales. Acompaña al texto la imagen de su hijo en una espectacular volea con salto de felino apoyado en la muralla, a punta de palco. Una frase, una oración que puede resumir la final del pasado domingo en Pelayo: una ofrenda de belleza artística y poderío físico a la mitología griega. Si el campeón de nuestro deporte recibe una reproducción del friso griego de la “feninde”, por algo será. Y es que nuestro Trinquet de Pelayo no sólo es la catedral del Joc de Pilota sino que se levanta sobre el imaginario Monte Olimpo habitado por las deidades que dirigen el mundo pelotístico. De esos niveles hablamos, de verdaderos titanes con poderes sobrenaturales. ¿Alguien puede negar que asistimos a una de las más grandes partidas que se recuerdan en las miles y miles disputadas en Pelayo y en cualquier colina donde se levante una o varias paredes para jugar a pelota? ¿Se pueden pedir más poderes que los que ofrece Nacho de Beniparrell que ha conseguido fusionar en uno el juego de “mitgers” como Ruiz, Gat, El Xatet II, Vicente, José María, Locheta, Sarasol II, Grau y Dani? Los griegos reservaban a la diosa Atenea los poderes sobre la belleza, las artes y las estrategias. Viendo lo visto no me extrañaría que la diosa griega se enamore de Francés y de Nacho. De hecho pareció ayudarles con la suerte en algunos “quinzes” decisivos.

Para ganar una final no es indispensable la belleza artística pero sí lo es la estrategia. En ella se basó el merecido triunfo de la pareja azul; en la capacidad para pensar en décimas de segundo cual es la mejor respuesta a los ataques balísticos de Alejandro e Hilari, que en esta batalla mitológica están protegidos por Ares, el dios de la fuerza, la personificación de la furia ciega, impulsiva, a veces impaciente. Ese juego que provoca algún yerro en el disparo. No es fácil responder con serenidad cuando enfrente tienes a los dioses de la estética y de la belleza con sus rayos deslumbrantes que turban el raciocinio. Francés y Nacho enamoran por ser como son y algo muy importante, porque ayudan a enamorarse de un deporte que construye obras de arte como la vista el pasado domingo.

Asistimos a una final que fue el mejor espejo de cualquier debate sobre esencias, presencias y ausencias, sobre pecados y virtudes en el difícil caminar hacia el triunfo. Los protagonistas, todos ellos, ofrendaron al Joc de Pilota lo mejor de sí mismos. El marcador señaló un justo vencedor, aquellos que apenas sumaron tres o cuatro yerros, los que mostraron todos los recursos para derribar los misiles rivales. Recursos que no por bellos dejaron de ser demoledores. El marcador castigó injustamente a los perdedores pues merecieron la igualada a 55. Pese a perder pueden estar orgullosos pues a las condiciones naturales de sus poderes físicos añadirán más pronto que tarde los de la belleza y estrategia. Y aunque no puede asegurarse muchos intuimos que la diosa Atenea, enamoradiza, ya ha puesto el ojo en Alejandro e Hilari para ayudarles a reinar en el Monte Olimpo y en cualquier templo del Joc de Pilota.

Como brillaba Aquiles, el invencible guerrero griego, ahora toca proclamar la grandeza de dos titanes llegados desde Petrer y Beniparrell que brillan en el templo del Joc de Pilota

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