Opinión
El poder del discurso, de la palabra confiable

Claves de oratoria para preparar un debate. / Shutterstock
De jóvenes, casi todos solíamos quejarnos de los “discursos” que nuestros mayores nos solían “regalar”, siempre por nuestro bien, aunque a veces no terminábamos de entenderlos o, mejor dicho, de aceptarlos.
El Día Mundial del Discurso se celebra cada año el 15 de marzo, habiéndose creado esta efeméride durante la celebración del Foro de la Democracia en Atenas, en el año 2015. ¡No podía ser en mejor sitio! El lugar, Grecia, en donde se considera que nació la oratoria ahora hace más de 2400 años. En aquel entonces, la oratoria era considerada como un instrumento fundamental para alcanzar prestigio y poder político, resaltándose también su importancia en la educación. Lisias, Isócrates, Esquines y …Demóstenes (384-322 a.C) considerado posteriormente, ya en época Romana por otro grande, Marco Tulio Cicerón, como “orador perfecto”.
A través de un discurso se trata de articular ideas, movilizar a los escuchantes. Funciona como un puente entre el pensamiento individual, o mejor dicho la exposición individual y la acción colectiva. Discurso como arquitecto de realidades. No solo se trata de describir sino también de crear. Cuando no disponemos de una palabra para significar algo es como si ese algo no existiese. Ya decía Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi propio mundo”. Así, desde el discurso se trata de inculcar realidades, valores, creencias, necesidades o expectativas a los oyentes. Desde el discurso se impulsa al cambio, a la transformación o a la revolución. Desde el discurso se trata de captar voluntades para que actúen en la forma deseada por el orador.
El buen discurso tiene que crear, producir impacto emocional, pero, fundamentalmente tiene que ser creíble, ser aceptado desde la confianza creada entre orador y audiencia Y eso exige que lo planteado sea verídico, coherente con la conducta del que habla, validado por evidencias y acentuando la claridad sobre la ambigüedad o la confusión. Debe ser percibido el relato elaborado por el orador como auténtico, es decir saliendo de su interior, desde su propia alma. La regla básica que propugnaba Aristóteles sobre la oratoria era que “solo es válida cuando el fin es convencer de la verdad a los oyentes”. Al percibir y sentir la autenticidad, las palabras resuenan y movilizan emociones en el interior de los escuchantes, que además de oír, sienten y activan neurotransmisores varios.
Desde Fundación por la Justicia se posibilita la libre expresión de ideas y realidades por personas que han visto cercenados muchos de sus derechos como seres humanos comenzando muchas veces por el derecho a ser escuchados por un tribunal imparcial.
Los que nos dedicamos fundamentalmente a la profesión de conferenciante sabemos que el éxito de nuestra comunicación radica en equilibrar las 3 columnas que van a sostener nuestro discurso. 1. Logos, que se refiere a la lógica, la claridad y la evidencia detrás del mensaje. De aquí surge la elocuencia, de la capacidad de argumentación y la adecuación del lenguaje a aquel entendible por los oyentes. 2. Pathos, que radica en la conexión emocional con los oyentes sintonizando a través de historias y realidades que toquen alguna fibra sensible, y 3. Ethos, que tiene que ver con la veracidad, coherencia y consistencia del orador. Es el carácter moral que determina la credibilidad del orador ante la audiencia.
Un discurso que es acogido y valorado entusiásticamente no es simplemente un conjunto de ideas que se viertan impulsadas por la emoción. Los romanos propusieron diferentes fases en un discurso: 1. Inventio (investigación y documentación). 2.Dispositio (ordenación de las ideas). 3.Elocutio (construcción de frases, figuras retóricas, metáforas). 4.Memoria (retener en la cabeza). 5.Actio (puesta en escena, comunicación no verbal).
¿Te sientes preparado para salir a escena?¡¡ Ánimo y …disfrútalo a tope!!
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