Opinión
“Qué orgullo, tía"
La amistad entre mujeres ha sido, a lo largo de los siglos, refugio y laboratorio de ideas: un territorio donde ensayar argumentos sin temor al escarnio

08/03/2023 Unas mujeres hacen un símbolo feminista con las manos durante una manifestación convocada por el Movimiento Feminista de Madrid por el 8M, Día Internacional de la Mujer, a 8 de marzo de 2023, en Madrid (España). El Día Internacional de la Mujer vuelve a visibilizar la división del feminismo en España, con las feministas marchando por separado en distintas manifestaciones debido a sus diferencias en temas como la prostitución, la Ley Trans o la Ley del 'solo sí es sí'. El Movimiento feminista de Madrid ha anunciado su marcha como "manifestación abolicionista" refiriéndose a la abolición de la prostitución, uno de sus principales reclamos, algo que no se contempla en el manifiesto de la Comisión 8M .Las representantes del Movimiento Feminista de Madrid han sido muy críticas con la Ley Trans y han anunciado iniciativas en busca también de su derogación. SOCIEDAD Diego Radamés - Europa Press / Diego Radames / Europa Press
Hay amistades que modifican el curso íntimo de una vida y otras que, sin proclamarlo, terminan por alterar la historia cultural de un país. Me gusta pensar que una de esas alianzas decisivas germinó cuando María Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes y virreina de la Nueva España, supo reconocer en la inteligencia fulgurante de Sor Juana Inés de la Cruz un talento que no debía quedar confinado al recogimiento conventual. Se ha insistido en leer a la condesa como musa, como destinataria privilegiada de los versos más ardientes de la poeta; con todo, prefiero creer que su papel fue más hondo y determinante: ejerció como su protectora y cómplice intelectual en un mundo reticente a conceder a una mujer, y más aún a una monja, el derecho a pensar en voz alta.
Aquella escena inaugural, la de una mujer que lee con atención, comprende y decide sostener la obra de otra, encierra una verdad que la historiografía ha relegado con frecuencia a los márgenes: la amistad entre mujeres como motor de desarrollo intelectual. Allí donde el reconocimiento institucional se mostraba esquivo y la condescendencia marcaba el tono, surgía una red femenina de respaldo que podía garantizar la continuidad de la creación y preservar la dignidad desde la admiración genuina.
Si examinamos con detenimiento nuestra tradición literaria, advertimos que esa urdimbre se reitera con obstinación. La reforma emprendida por Santa Teresa no fue la empresa solitaria de una visionaria excepcional; constituyó, más bien, la obra colectiva de una red de conventos sostenida por la lealtad y la agudeza de otras mujeres que compartían su empeño espiritual e intelectual. Emilia Pardo Bazán, combativa frente a los prejuicios de su tiempo y plenamente consciente de la urgencia de intervenir en el debate público, no se sostuvo únicamente en su indiscutible talento: se apoyó asimismo en un tejido de corresponsales y amigas que discutían y afinaban sus ideas. De igual modo, la sensibilidad lacerada de Rosalía de Castro halló eco en una comunidad afectiva que mitigó la soledad de quien escribe desde un lugar incómodo y poco común.
En América Latina los ejemplos no son menos elocuentes. Gabriela Mistral, figura pública y laureada con el Nobel, cultivó amistades intelectuales que fueron refugio y estímulo en medio de su itinerancia diplomática. Por su parte, Victoria Ocampo convirtió la admiración en programa cultural al fundar una revista que no solo congregó a las grandes firmas de su tiempo, sino que abrió un espacio donde las mujeres podían legitimarse mutuamente sin solicitar venia a instancias superiores. Frente a la intemperie de la genialidad, para Cristina Peri Rossi, como para tantas otras, el vínculo operó como una resistencia callada a lo largo de su trayectoria, silenciosa, pero inequívocamente transformadora.
La amistad entre mujeres ha sido, a lo largo de los siglos, refugio y laboratorio de ideas. Antes de ocupar un espacio público, muchas hallaron en otra mujer un ámbito seguro: un territorio donde ensayar argumentos sin temor al escarnio. Allí cultivaron la conversación prolongada en el tiempo, conscientes de que el ingenio es también una labor compartida que se nutre de la confianza. Quizá por ello convendría contemplar estos vínculos con la reverencia que merecen: rastrearlos en dedicatorias, en epistolarios celosamente preservados, en audios de minutos interminables, en proyectos concebidos al calor de una complicidad antigua e, incluso, en ese WhatsApp apresurado en el que se nos confiesa: “no entiendo nada, pero qué orgullo siento por ti, tía”. En esos gestos mínimos se cifra una lealtad profunda y una ética del cuidado a las amigas que ha sostenido silenciosamente buena parte de nuestra cultura.
Celebrar esa admiración es, y así lo sostengo con las mías, reconocer una fuerza histórica que ha operado sin reclamar demasiado protagonismo. Cada vez que una mujer impulsa la creatividad de otra, cuando la anima a perseverar, cuando la corrige con honestidad, cuando muestra el orgullo hacia el trabajo de su compañera, ensancha el horizonte de lo común. Y en esa ampliación serena que regalamos a la otra reside una belleza difícil de definir: la certeza de que crear juntas no solo es posible, sino que ha sido, desde siempre, una de nuestras formas más fecundas y luminosas de libertad.
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