Opinión
Alienígenas y alterados
Se altera un medicamento. Se altera una prueba en un juicio. Se altera el sexo en Mogambo. También puede alterarse una democracia. Puede seguir llamándose así, conservar sus urnas, sus parlamentos y sus ceremonias, y al mismo tiempo haber sido tocada en su composición más íntima

Imagen de las últimas elecciones de Castilla y León de 2026. / Photogenic/Claudia Alba - Europa Press
A veces pedimos perdón con la frase más extraña: «Perdona, no era yo». La soltamos después de una mala contestación, un exceso, un gesto que se nos ha ido de las manos, como decirle «me gusta la fruta» a un presidente legítimo o tirarle al rival político una taza de café. Lo decimos como si dentro de uno hubiera un yo verdadero, el de siempre, y otro que de pronto aparece, toma el mando y mete la pata. Decimos que estábamos alterados porque alter es el otro y alterarse, volverse otro, comportarse como si nos hubieran cambiado por dentro. Parafraseando al moralista francés La Rochefoucauld, la alteridad es el precio que la vergüenza paga a la responsabilidad.
Pero alterar también quiere decir algo más. Quiere decir modificar una sustancia, tocar su composición, trastornar su equilibrio. Se altera un medicamento cuando ha sido adulterado. Se altera una prueba en un juicio. Se altera un alimento, se altera el sexo en Mogambo, se altera un cuento de Roald Dahl. También puede alterarse una democracia. Puede seguir llamándose así, conservar sus urnas, sus parlamentos y sus ceremonias, y al mismo tiempo haber sido tocada en su composición más íntima.
La literatura entendió pronto que el otro no siempre viene de fuera. R. L. Stevenson lo contó en El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde. Lo inquietante de esa historia es que el monstruo estaba dentro.
Aunque en el filme más terrorífico sobre un alien este también salga de dentro, un alienígena es otra cosa. Alienus apunta al extraño total, aquel en quien ya no nos reconocemos. Expulsado del círculo de los semejantes, tiene otro origen, otro gen. Los alienígenas se pueden fabricar aquí mismo, por ejemplo diciendo algo así como que no se les debe llorar.
Hay estados personales alterados y Estados alterados. Por ejemplo, podemos convenir en que hace tiempo que Estados Unidos está alterado porque cuesta reconocer el país que durante décadas quiso presentarse como ejemplo de democracia liberal. Pero quizá el problema no sea que se haya convertido en otra cosa. Quizá el problema sea que en muchos lugares del planeta han aflorado con menos vergüenza impulsos que ya estaban ahí, el «fascismo latente» sobre el que reflexionó Theodor Adorno, entrevistos, por ejemplo, por el misterioso Thomas Pynchon, en cuyo Vineland se basa Una batalla tras otra, una de las películas más premiadas del año.
También Europa empieza a dar síntomas parecidos. Una dureza creciente difícil de reconocer, una facilidad pasmosa para ordenar qué víctimas merecen duelo y cuáles apenas un titular, qué muertos cuentan y qué orden debemos, o no, conservar. El cineasta Oliver Laxe sugiere que en la escuela debería dedicarse un trimestre a estudiar a los vecinos, Francia, Marruecos y Portugal, y no le falta razón. Les entenderíamos mejor. Además, así más gente apreciaría Sirat.
Nuestro embrutecimiento cultural fue cuestión de un par de décadas, las de la berlusconización de la televisión. Hoy las redes ofrecen vídeos y debates del mismo nivel. El populismo, por su parte, tampoco va a cargarse la democracia de golpe. Le basta con ir cambiando la mezcla. Mantiene las formas, las urnas y el rito institucional, pero descuida lo más importante. Se deja de formar, de mejorar, de cultivar la ciudadanía. Se abandonan las virtudes de ese republicanismo civil que José Luis Villacañas ha defendido en estas mismas páginas, la capacidad de discutir a fondo sin convertir al vecino en alien. Y ahí sigue la democracia alterada, como un fármaco mal conservado, con la etiqueta correcta pero sin el efecto sanador que prometía. Una democracia procedimental, siguiendo la lógica del mercado, en lugar de una democracia de compromisos materiales e igualdad socioeconómica o, por utilizar los términos del politólogo C. B. Macpherson, una democracia de desarrollo y participación.
Vivimos y festejamos el eterno regreso de la primavera entre alterados y alienígenas, gentes que dicen «no era yo» y sociedades que han empezado a dejar de reconocerse en el otro
«Perdone, cuando les tiramos aquellas bombas no éramos nosotros mismos», podríamos escuchar un día feliz. Mientras tanto vivimos y festejamos el eterno regreso de la primavera entre alterados y alienígenas, gentes que dicen «no era yo» y sociedades que han empezado a dejar de reconocerse en el otro.
Hay muchas democracias alteradas y ciudadanos que empiezan a comportarse de un modo extraño. Así que, en estas Fallas, me permito un consejo. No discutan mucho. Tengan paciencia y comprensión. No se embalen con la primera provocación y jamás se bajen del coche a discutir. No den por hecho que enfrente no hay otro con la misma alteración que ustedes. En estos tiempos nunca se sabe con qué tipo de ser vivo se las va uno a ver.
- El futuro de Ford ya tiene fecha: 23 de abril de 2026
- Cortes de tráfico en València este domingo por el Ironman: cerradas las entradas y salidas por el sur y el oeste
- El presidente de Mercadona pone el contador a cero en las cuentas del Roig Arena
- Conmoción en Xàtiva por el fallecimiento en accidente laboral de Daniel Guerola 'Carlampio
- Fallece Miri, una de las elefantas del Bioparc tras un accidente trágico
- Aperitivo bar, la resurrección de un mito
- Valencia se queda sin pisos de obra nueva: la presión se dispara en el área metropolitana con el metro cuadrado a 4.000 euros
- De Torrent o Cheste al Ciutat de València: Alternativas cada vez más abiertas a La Ciutat de les Arts
