Opinión
En esta guerra también hay IA
Investigaciones bien contrastadas han confirmado que el misil que segó la vida de 175 niñas iraníes en un colegio infantil fue guiado por un algoritmo norteamericano alimentado con datos desactualizados. Palantir, la IA empleada por el Pentágono y el ICE, es un engranaje falible en el dispositivo de matar

BARÉIN, 28/02/2026.- Vista de una columna de humo en Baréin. La Guardia Revolucionaria iraní confirmó este sábado que ha lanzado ataques contra bases estadounidenses situadas en Baréin, Catar y Emiratos Árabes como represalia por los bombardeos de Estados Unidos e Israel. / EFE
Fijo la vista en la fotografía de un edificio de Amazon en Riad. Una arquitectura sólida, brillante, encerrada en sí misma, como un huevo de metal. Es una de las infraestructuras que están cambiando la geografía tecnológica del planeta: las granjas de la Inteligencia Artificial. Horas antes, un misil iraní había impactado contra el edificio. La foto confirma una realidad inquietante: en la guerra híbrida actual, la IA tiene un protagonismo creciente. Es uno de los motores más potentes de la tecnificación extrema del horror.
El gobierno de Trump agita el espantajo de una guerra “limpia” y quirúrgica, “inteligente”, ejecutada por una maquina militar capaz de aniquilar cúpulas dirigentes —como la de los ayatolás— o capturar autócratas (Nicolás Maduro) con la precisión del algoritmo.
La IA pone en contacto a todos los aliados de Trump. En enero del año pasado, Hussein Sajwani, uno de los mayores promotores inmobiliarios de Dubai anunció, en Mar-a-Lago, que iba a invertir 20.000 millones de dólares en Estados Unidos en proyectos de centros de datos para inteligencia artificial.
Esa máquina militar pretendidamente “inteligente” actúa subordinada a la estrategia de exterminio de la población civil puesta en marcha por Israel. La réplica de los ayatolás, —que han sustituido a sus dirigentes muertos y no han cedido ni un ápice en su tiranía—, y de aliados suyos como Hezbolá, han vuelto a incendiar los ataques de Israel contra la población civil del Líbano y han puesto en jaque la economía del petróleo, es decir, la economía mundial. En Líbano se recurre a la misma justificación que en Gaza: no es posible abatir al guerrillero sin aniquilar a la población en la que vive infiltrado.
La precisión de la máquina bélica es pura propaganda. Investigaciones bien contrastadas por el New York Times, han confirmado que el misil que segó la vida de 175 niñas iraníes en un colegio infantil fue guiado por un algoritmo norteamericano alimentado con datos desactualizados. Palantir, la IA empleada por el Pentágono y el ICE, es un engranaje falible en el dispositivo del matar.
Un rechazo moral creciente
La máquina de guerra norteamericana actúa al mismo tiempo desde su división de comunicación y desinformación. La narrativa trumpista extiende la idea de que las normas internacionales han muerto. Se nos intenta convencer de que la guerra es la única vía posible para atajar algunos conflictos enquistados durante décadas entre unas reglas, caducas, que rigen las relaciones internacionales.
Los relatos de persuasión que nacieron en Irak con el bulo de las armas de destrucción masiva han mutado hoy en unos videos virales donde convergen hechos reales y ficciones visuales. En Venezuela, Irán, Gaza, Líbano o Ucrania, las imposiciones de hoy serán las reglas de mañana, dicen. Las están dictando los señores de la guerra bajo el susurro de la Inteligencia Artificial.
No es un relato todopoderoso. En el tablero político, figuras como Sánchez, Meloni y Macron, junto a los gobiernos de Suecia, Dinamarca e India —y el presidente del Consejo Europeo, António Costa— defienden desde el primer día un firme "No a la guerra" sin ambages. No es un relato que tenga tanta fuerza como le ha llegado a suponer la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen.
La sociedad civil occidental responde con firmeza y convicción. Hay una corriente persistente de rechazo moral a la destrucción bélica que gana peso cada día. En España, un rotundo “No a la guerra” se ha manifestado en espacios tan diversos como la gala de los Goya, las manifestaciones del 8 de marzo, el manifiesto de artistas y profesionales, y las marchas cívicas del pasado sábado en las grandes ciudades.
La oposición a la guerra no es una bandera ideológica coyuntural. Es una tradición intelectual y moral que hunde sus raíces en la Antigüedad clásica y se mantiene viva en la voz de pensadores como Bertrand Russell o los científicos que, tras Hiroshima, se rebelaron contra los usos militares de la energía nuclear. Es uno de los valores fundacionales de la Unión Europea que el escritor Antonio Scurati llamaba a defender en un artículo de Substack reciente.
El pacifismo contemporáneo nace de una intuición muy profunda: la humanidad es una comunidad unida por intereses compartidos entre los que destaca uno, elemental y, en cierto modo, profundamente conservador: resolver los conflictos entre naciones mediante la negociación y el entendimiento preservando la vida de las personas.
El objetivo de la “niebla informativa” producida por las máquinas de guerra consiste en cerrarnos los ojos ante los horrores de la guerra
Decir “No a la guerra” empieza por desactivar las narrativas que pretenden reducir la paz a una consigna partidista. En este sentido, la firme postura del Papa León XIV es un desmentido moral para quienes intentan descalificar el pacifismo como una mera estrategia electoral.
El objetivo de la “niebla informativa” producida por las máquinas de guerra consiste en cerrarnos los ojos ante los horrores de la guerra. Saturar y volver dócil a la opinión pública frente a un discurso diabólico. En esta nueva edad de la incertidumbre, en cuyo corazón se han instalado alguno de los usos dañinos de la IAG, la resistencia intelectual y moral es más necesaria que nunca. Ni callados ni equivocados.
