Opinión | Bombeja Agustinet!
La última oportunidad del Levante UD: contra el VAR, contra los errores de Luis Castro y contra el Real Oviedo

Espí, en el Rayo Vallecano - Levante. / JUANJO MARTÍN / EFE
Soto Grado ni siquiera fue al VAR a comprobar cómo Pathé Ciss se acomodó el balón con la mano antes de empatar el Rayo-Llevant en la última jugada del partido. ¿No le llamaron ni De la Fuente Ramos ni González Fuertes? ¿Fueron sendos árbitros dos de esos 4 o 5, entre millones de espectadores –Luís Castro dixit– que no vio mano? ¿Cómo es posible no ver algo tan obvio? No sé si a los tres trencillas les caería la cara de vergüenza al ver las risas del futbolista rayista cuando fue preguntado por la acción. No sé si son conscientes de las consecuencias de sus errores. No sé, sinceramente, si han llegado a entender alguna vez, unos cuantos de ellos, lo que significa el fútbol, más allá de su habitual soberbia, y de la condición extremadamente gregaria de la profesión.
La semana anterior, Cuadra Fernández dio por bueno el empate del Girona, de nuevo en la última jugada, desatendiendo el fuera de juego posicional del futbolista al que marcaba Dela, en cuyo pie rebotó el balón para despistar a Ryan antes de lamer las mallas. Lo vio en la pantalla y decidió que no era punible. Dio gol. Por si faltaba poco, De Burgos Bengoetxea fue también uno de los 4 o 5 entre millones que no vio falta previa en el gol del Mallorca contra el Espanyol. Sin esos tres errores grotescos, impropios del fútbol profesional, el Llevant estaría ya fuera del descenso, antes de recibir en casa al Oviedo.
Son fallos que no puede comprender ningún espectador neutral, mucho más inexplicables con el VAR y con todas las miradas que ahora se fijan en las jugadas polémicas. Además de malos, algunos árbitros son tendenciosos. Saben que la repercusión de tratar mal al Llevant no tiene consecuencias. Es, por supuesto, completamente distinto que perjudicar a un grande. Y, por tanto, se sienten impunes, cuando arbitran a según qué equipo.
Opciones de permanencia
En vez de vernos fuera de descenso en la tabla, la final (otra más) contra el Oviedo tiene de nuevo el objetivo de mantener vivas nuestras opciones de permanencia, una semana más, esta vez con la oportunidad de sumar tres puntos y dejar muy atrás a uno de los rivales directos.
Además de los luctuosos episodios arbitrales (que nos persiguen –¿casualidad?– desde que el club osó publicar un manifiesto contra los horarios y las fechas de los partidos), Luís Castro también ha cometido unos cuantos errores de bulto: contra el Girona, la salida de Etta debió servir para fijar a dos centrales gerundenses y que así no se sumaran al asedio, tras la expulsión de Olasagasti. Ponerlo a cubrir defensivamente la banda derecha (por donde llegó el ínclito gol de Roca, por cierto) fue un sinsentido. Contra el Rayo, es imperdonable que el Llevant reculara jugando con uno más, en vez de ir a matar un partido a vida o muerte. Consentir que un equipo con uno menos te encierre en tu área es jugarte tres puntos vitales a la ruleta rusa. Y en general, es imperdonable la cantidad de centros y balones parados desaprovechados por el Llevant durante todo el curso. A veces pienso que no deberían entrenar otra cosa en toda la semana. Igual habría que instalarle un VAR también al míster.
Luís Castro le ha cambiado la cara a este equipo. Sin duda. Pese a las bajas, las lesiones y la depresión en que parecen sumidos algunos futbolistas decisivos. El portugués tiene mucho mérito en que sigamos vivos a estas alturas, cuando tantos nos daban por muertos y sentenciados. De hecho, gran parte del mérito es suyo. Pero lo de Vallecas fue muy duro. Confieso que tuve ganas de romper el pase. Confieso que reflexioné con mis hijos pequeños si querían arrastrar eternamente la penitencia de ser del Llevant.
Como no puede ser de otra forma, volveremos a Orriols. Y nos dejaremos la garganta. Para seguir vivos. Que ya es mucho.
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