Opinión
La utopía de Jürgen Habermas
Fui uno de los privilegiados que pudo hacerle una entrevista (no era fácil). No deslumbró por su simpatía, pero sí por sus respuestas. Las de alguien cuyo eje sigue siendo la tensión entre la democracia real e ideal

Imagen de archivo de Jürgen Habermas. / SIMELA PANTZARTZI
Ha muerto Habermas, probablemente el filósofo y teórico de la sociedad más influyente de la segunda mitad del siglo XX. Ha muerto y necesito expresar lo que ha significado para mí. Si Kant dijo que Hume le había despertado del sueño del dogmatismo, Habermas me despertó del sueño escéptico. Y ello lo hizo sobre todo al recuperar la dignidad de la utopía tantas veces fracasada. Una utopía en su sentido pleno. En efecto, su paso de la utopía del trabajo a la utopía de la comunicación halló el punto exacto, el que nada tiene que ver con la contradicción iniciada por Tomas Moro, la que pide llegar a un “no lugar”, lo que realidad significa la isla de Utopía. Pero sus conocidas propuestas de una “situación ideal del habla”, o de una “democracia deliberativa”, no son “lugares” sino ideales regulativos. Una guía, un norte para poder tener un punto de crítica de la realidad social y política.
Cuanto más nos acerquemos a una democracia deliberativa más correcta será. Más racional. Esto no se ha visto muchas veces de un marxismo ortodoxo, más pendiente de criticar la realidad, que de buscar alternativas. Recordemos, Marx habló de síntomas, pero también de remedios. Su filosofía política era clínica. Habermas era marxista en este sentido, pero desde otra perspectiva, la de alguien que vio la era del vacío de mucho posmodernismo (no obstante, discutió con figuras como Rorty o Foucault, lo cual significa respeto, algo poco comprensible en tiempos de polarización), y se enfrentó al neoconservadurismo, los padres del actual populismo de derechas.
Nombrar a Habermas, en fin, produce chispas al pensar dicha normatividad para criticar la realidad; lo cual es una posición muy diferente a la de los “realistas políticos” de toda la vida que tanto abundan hoy, los que sólo saben hablar de lo que ven, pero no comprenden eso que ven.
Yo fui uno de los privilegiados que pudo hacerle una entrevista (no era fácil). No deslumbró por su simpatía, pero sí por sus respuestas. Las de alguien cuyo eje sigue siendo la tensión entre la democracia real e ideal. Un eje que se corresponde al hecho de que seguimos necesitados de superar antiguos autoritarismos epistemológicos, conceptos de comunicación no distorsionados por la violencia y, sobre todo, de una sociedad emancipada. Una sociedad que sepa ser capaz de actuar sobre sí misma, como diría Marx, “con voluntad y consciencia”.
En resumen, el filósofo alemán sigue ofreciendo buenas y razonadas respuestas a tiempos repletos de sociedades líquidas, de cóleras populistas, de guerras renacidas, de contradicciones en la construcción europea que tanto le preocupó, de posverdad y del declive de las democracias liberales-sociales. Es decir, ante los retos que está marcando el rumbo del siglo XXI.
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