Opinión
Influencers, la nueva jerarquía

La influencer valenciana Violeta Mangriñán estos días falleros / Levante-EMV
¿Y tu qué eres? influencer. ¿Y tu?, youtuber. ¿De qué? de todo. Hoy, estos sabelotodos ocupan los lugares preferentes, son halagados como si merecedores de un Nobel o actores de Hollywood se tratara y ocupan las primeras filas de desfiles, eventos festivos y culturales, inauguraciones y presentaciones donde, hasta hace poco, la presencia se justificaba por una trayectoria profesional o una aportación concreta al sector.
Se ha invertido la lógica. Antes, la visibilidad era consecuencia del mérito; ahora, el mérito parece ser consecuencia de la visibilidad.
Este cambio está generando un efecto aún más llamativo: actores, cantantes, deportistas e incluso empresarios han empezado a comportarse como influencers. No porque su profesión haya dejado de importar, sino porque entienden que, sin presencia en redes, corren el riesgo de ser invisibles. La exposición ya no es un complemento a la profesión sino la condición para sostenerla. De la meritocracia y la solidaridad entre compañeros, ya ni hablamos.
El ‘fenómeno’ genera un modelo de negocio peculiar. Restaurantes que ofrecen comidas gratuitas a cambio de una publicación, prendas de ropa por un post, clínicas estéticas que regalan tratamientos por una historia en Instagram, hoteles que intercambian noches de alojamiento por visibilidad digital, viajes por una simple reseña... Vamos, una economía basada en la promoción constante, donde la autenticidad queda diluida entre publicidad encubierta y recomendaciones interesadas. Permitanme que les diga que llegados a este punto y aunque en muchos casos se especifique que es publiciada, cuando ojeo redes, ya no sé qué creer.
Porque el problema no es que existan nuevas formas de comunicación o que las redes democraticen la visibilidad -eso, en sí mismo, puede ser positivo-, el problema surge cuando eso degenera en una jerarquía superficial donde el valor solo se mide en seguidores y likes.
En este nuevo ‘mundo’, la influencia se convierte en un fin en sí mismo donde el resultado es destacar solo por estrategia.
La consecuencia cultural es que se desdibuja la frontera entre quien crea y quien promociona, entre quien aporta y quien amplifica. Y en ese contexto, el influencer deja de ser un actor más para convertirse en el modelo a imitar.
Quizá lo preocupante no sea que ocupen espacios, sino que redefinan qué significa merecerlos. Si todo se reduce a impacto y alcance, la meritocracia se convertirá en una palabra hueca y despojada de su esencia. No se trata de demonizar a influencers, youtubers y demás, pero ojo a lo que puede pasar.
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