Opinión
¿Por qué avanza la extrema derecha?

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / Kike Rincón - Europa Press
Manuel Fraga y José María Aznar consiguieron que AP y el PP integraran, prácticamente, a toda la derecha española, incluyendo a la mayoría de los franquistas, que eran numerosos en los primeros años de la Transición. Mariano Rajoy no fue capaz de conservar la herencia recibida y, un año después de alcanzar la presidencia del Gobierno, en 2013 se fundó Vox con disidentes populares. La causa inmediata parece ser que el sector más derechizado del PP no estaba de acuerdo con las políticas de derecha-moderada de Rajoy. Pero son otras las causas del crecimiento espectacular posterior de Vox que se caracteriza por ser neofranquista, xenófobo, anti-Unión Europea y vasallo de Trump.
En las elecciones generales de 2015 y 2016 los votantes de Vox fueron 58.114 y 47.182, respectivamente, es decir, durante el mandato de Rajoy como presidente del Gobierno Vox fue un partido político testimonial. En junio de 2018 Pedro Sánchez accedió a la presidencia del Gobierno, mediante una moción de censura a Rajoy apoyada por los partidos independentistas y la extrema izquierda populista, y la consecuencia inmediata fue que en las primeras elecciones generales de 2019 los votantes de Vox crecieron hasta obtener 2.664.325 de votantes, situándose como quinto partido por número de escaños en el Congreso. Pocos meses después, en las segundas elecciones generales celebradas en 2019 los votantes de Vox crecieron hasta alcanzar la cifra de 3.640.063, y en las últimas elecciones generales de 2023 la cifra anterior descendió hasta 3.033.744. En ambos casos Vox se convirtió en el tercer partido político por número de escaños en el Congreso.
Es un hecho incontrovertido que el crecimiento espectacular de votos recibidos por Vox en las últimas elecciones generales y autonómicas ha tenido lugar durante la presidencia de Pedro Sánchez, y parece que esa tendencia o bien se incrementa o se mantiene, como indican los resultados en las recientes elecciones autonómicas, y las encuestas.
Las políticas de la UCD, mientras la lideró Adolfo Suárez, pese a ser una coalición de partidos políticos de diferente ideología, fueron predominantemente socialdemócratas y algo liberales. La UCD dirigida por Calvo Sotelo se derechizó y se auto inmoló en 1982. Y el PSOE dirigido por Felipe González, para poder gobernar, lo que sucedió en las terceras elecciones generales celebradas en 1982, se tuvo que convertir en un partido socialdemócrata que ofreció a los españoles un proyecto que podía ser compartido por la mayoría, razón por la que obtuvo más de diez millones de votos y 202 escaños en el Congreso, y sucesivas mayorías absolutas en las elecciones generales a lo largo de una década. La ligera caída del PSOE en las elecciones generales de 1996 (el PP solo le superó en unos doscientos mil votos) no se produjo como consecuencia de las políticas socialdemócratas que se llevaron a la práctica, sino de la corrupción y del terrorismo de Estado.
Los partidos que han representado a la mayoría de los votantes españoles (UCD, PSOE y PP), no han sido capaces de ponerse de acuerdo, ni en el pasado ni en la actualidad, para gobernar en coalición en etapas que lo merecían. Pero esta circunstancia no impidió que gobernaran en solitario con el apoyo de partidos que entonces llamábamos nacionalistas como el Partido Nacionalista Vasco (PNV) y Convergencia i Unió (CiU), que hasta hace poco más de una década eran partidos moderados, que no habían irrumpido en la escena política como partidos independentistas. Cierto es que el PSOE de Felipe González no incorporó al Gobierno del Estado ni al PNV ni a CiU, ni tampoco al Partido Comunista, o a su sucesor Izquierda Unida. Y el PP, por su parte, tampoco incorporó al Gobierno al PNV o a CiU. Pero esto no les exime de la responsabilidad de haber impulsado el independentismo convirtiendo al PNV y a CiU en partidos de los que dependía la gobernabilidad del Estado.
Con la llegada de Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno se rompió lo que parecía una regla de oro del PSOE, al incorporar al Gobierno a partidos populistas de izquierdas, primero a Podemos y después a Sumar, y pactar la agenda política del Gobierno con todos los partidos políticos independentistas de derecha y de izquierda (vascos, catalanes y gallego). Los compromisos derivados del apoyo de independentistas y populistas de izquierda, permiten afirmar que Pedro Sánchez fue desde el principio de su mandato un gestor de las políticas e iniciativas de independentistas y populistas de izquierda. La política gubernamental ha sido desde el principio del mandato de Pedro Sánchez un mercado persa en que todos los socios del presidente del Gobierno coinciden en querer liquidar el Estado fundado por la Constitución de 1978: de la socialdemocracia y de una política de estado no queda el menor rastro. No nos cabe duda de que son las políticas y alianzas de Pedro Sánchez las que han generado como reacción de los ciudadanos españoles el crecimiento de Vox.
Pedro Sánchez se ha convertido en el impulsor del crecimiento de Vox al incluir en su estrategia la negativa a abstenerse en las investiduras de los candidatos del PP, que han ganado las elecciones autonómicas, a la presidencia de dichas Comunidades Autónomas. Esta estrategia obliga al PP a pactar con Vox. Y en consecuencia a incorporar políticas de Vox, que son incompatibles, entre otros, con los derechos fundamentales y las libertades públicas. ¿No es consciente el PSOE de que este resultado será perjudicial para los ciudadanos de esas CCAA? Es esa la política de Estado del PSOE: la política que olvida que el objetivo fundamental de un partido político democrático, y sobre todo socialdemócrata, es velar por el bienestar de los ciudadanos, aunque ello suponga hacer grandes sacrificios y renuncias.
Si no se produce un viraje en la mencionada estrategia del PSOE a los socialdemócratas nos espera, después de las próximas elecciones generales, una larga travesía del desierto, sin un Moisés que nos conduzca a una tierra de libertad y solidaridad.
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