Opinión | Algo personal
La línea de combate
La extrema derecha ha normalizado las amenazas, especialmente contra mujeres de izquierdas, utilizando las redes sociales como un espacio de odio e impunidad

Amenazas por las redes / Levante-EMV
Todo era silencio en la casa. Ni el vuelo de una mosca incordiaba la tranquilidad. Apenas el leve arranque de un auto en el semáforo de la esquina. Nada. Entonces sonaba el teléfono. Una voz que dejaba caer una amenaza. Luego, el silencio. Una y otra vez lo mismo. A todas horas del día y de la noche. Un psicópata. Un fascista. Las dos cosas a la vez. A saber. A veces preguntaba quiénes eran las putas que descolgaban el auricular. Una de esas putas tenía diez años. La angustia de mirar el teléfono. Que no suene. Por favor, que no suene. Y sonaba. Y lo mismo. La voz que amenazaba. Una noche de fallas llovía a cántaros. Pero no faltó la llamada. Se escuchaba el barullo de un bar. Siempre la larga, interminable lista de llamadas. Desde las cabinas telefónicas que se estilaban entonces. Una madrugada desde la que había en la plaza, al lado mismo de casa. La policía controlaba las llamadas. De cabina en cabina. Durante meses. No consiguió nada. Las cabinas ya no existen. Y apenas si quedan algunos teléfonos de los llamados fijos. Ahora están las redes para las amenazas. Las malditas redes que la extrema derecha ha convertido en un infierno para mucha gente.

Imagen del último 8M en València / Levante-EMV
Viven de predicar el odio sin descanso. A todas horas, como cuando sonaba el teléfono y al otro lado había un psicópata. O un fascista. O las dos cosas a la vez. La extrema derecha ha normalizado las amenazas. Sobre todo a las mujeres de izquierdas. La musculatura del fascismo haciendo estiramientos en el placentero gimnasio de las redes. Hace poco, en Xirivella, a un paso de València. Un individuo envía más de trescientos mensajes a Ione Belarra, diputada y secretaria general de Podemos. Leo en este periódico lo que dice el acosador: «Muerte a todas las rojas y perroflautas… a patadas te matamos, cerda. Muerte a ti y a todos los inmigrantes». Lo ha detenido la policía. Pero eso pasa pocas veces. Demasiada impunidad. El cobarde anonimato de las redes. Hay más nombres: Irene Montero, Rita Maestre, Cristina Fallarás, Sarah Santaolalla… Mujeres de izquierdas amenazadas por la extrema derecha. Seguro que ustedes pueden añadir nombres a esta lista. El fascismo las quiere, como escribía de sí misma Alfonsina Storni en un poema irónico, fuera «de la línea de combate». También hombres de izquierdas sufren esas amenazas. Los mensajeros del miedo: esas radios, esos periódicos, esas televisiones… Muchos de esos medios reciben ayudas públicas. Con nuestro dinero se crecen los propagadores del odio en una sociedad cada día más desilusionada. Por eso hay tanta gente que se cree sus mentiras, que prefiere vivir en una dictadura aunque no sepa lo que es una dictadura, que escribe en las redes amenazas de muerte para que la izquierda se quede quieta, como los conejos deslumbrados por los faros de un coche en medio de la carretera cuando es de noche.
Amenaza a las mujeres
La extrema derecha que niega el terrorismo machista amenaza a las mujeres para que sepan esas mujeres que el fascismo las quiere muertas. Que la extrema derecha nos quiere muertos -o al menos cagados de miedo- a quienes no comulgamos con sus ideas reaccionarias. Tiene modelos que la iluminan: lo que gritaba el militar golpista Emilio Mola en 1936: el exterminio de quienes no pensaban como ellos. Lo he dicho muchas veces: en un pequeño pueblo de Castellón, después de una conferencia, se me acercó un individuo: «usted ha dicho lo que ha dicho porque en la guerra y después de la guerra no matamos bastantes». Y se quedó tan ancho. Por eso les gustan las guerras a los de Vox. Les gusta la que acabó con la Segunda República en España después de un golpe de Estado llevado a cabo por sus antiguos familiares. Les gustan las que ha emprendido Trump para acabar con la tranquilidad del mundo y sobre todo para defender sus intereses bajo el prisma alucinado de un psicópata. Están en guerra contra la democracia y no se esconden. Ya no se esconden. Saben que la mentira cala hondo en una sociedad desencantada, absolutamente falta de información porque las redes no informan: te llenan la cabeza de sueños falsos y el corazón de un odio implacable a quienes el PP y Vox han convertido en enemigos a batir por encima de todas las cosas. Y muy buena parte de ese enemigo a batir son las mujeres de izquierdas. De ahí, el acoso en redes, el mediático, el político, el judicial, que están sufriendo esas mujeres y otras como ellas que no son tan conocidas. El feminismo es la bestia negra del PP y Vox. Ha transformado el «yo» singular de la mujer cuando defiende sus derechos en un «yo» colectivo, como dice Annie Ernaux en La escritura como un cuchillo. Y eso les duele a las extremas derechas. Les duele mucho. Y hay en sus agresiones algo que se parece a la venganza de quienes se sienten fatalmente heridos en su orgullo de rancia pacotilla.
No sé si es una suerte andar por la vida sin entrar en esa telaraña social que son las redes. Me importan un pito Facebook, TikTok, Instagram, X… No las echo de menos porque nunca hice uso de ellas. Mi tiempo es otro. Intento que sea más mío que del neonazi Musk y otros de su pelaje igual de peligrosos para la salud del mundo. Aquellos tiempos de las cabinas telefónicas han quedado atrás. Pero el miedo y el odio siguen circulando con esos mensajes breves que impunemente socavan el sueño y convierten la madrugada, para alguna gente, en una insoportable pesadilla.
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