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Opinión

Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)

Dietrich Bonhoeffer entre Trump y Jamenei

Procesión en recuerdo del ayatolá Alí Jamenei en Irak

Procesión en recuerdo del ayatolá Alí Jamenei en Irak / Ameer Al-Mohammedawi/dpa

Uno de los libros que más me han influido es Resistencia y sumisión. Su autor, Dietrich Bonhoeffer uno de los teólogos más importantes del siglo XX. Tuvo una visión política y social del Evangelio. Su compromiso y su formación le llevó a enfrentarse desde el principio al nazismo. Formó parte de la resistencia alemana al Tercer Reich. Fue de los primeros intelectuales cristianos en denunciar públicamente todo el declive y la involución de los derechos del pueblo judío. Además, fue conocedor y partícipe de todos los movimientos internos que intentaron desde dentro del Estado alemán acabar con Hitler y toda su estructura. Abandonó su postura pacifista, radical y sin ambages, al entender que la fe cristiana exigía oponerse activamente contra el proyecto nacionalsocialista. Estuvo en contacto directo con la inteligencia militar (Abwehr), donde trabajaba con conspiradores para hacer realidad un solo objetivo: asesinar al Fürer. El 5 de abril de 1943 fue detenido por la Gestapo y ahorcado el 9 de abril en el campo de concentración de Flossenbürg por orden expresa del mismo Hitler. En esos dos años de cautiverio redactó Resistencia y sumisión en el que algunos de sus pensamientos pueden ofrecernos luz en este tiempo de tinieblas: “Debemos aprender a considerar a la persona no tanto por lo que hace o deja de hacer, sino más bien por lo que experimenta y sufre. La única relación fecunda con los demás -y ante todo con los débiles- es el amor, esto es, el deseo de entrar en comunión con ellos”. Aquí tenemos un ejemplo más en la historia en la que una persona sacrificó su vida por sus convicciones y creencias éticas y religiosas.

Ahora bien, esta figura que no deberíamos olvidar, nos pone encima de la mesa uno de los mayores problemas jurídicos, morales y políticos de la actualidad: ¿qué hacer con la tiranía? El asesinato de Alí Jamenei por parte de la administración Trump nos obliga a plantear este tema cuasi irresoluble. Aquí nos jugamos mucho. Claro que Trump no es un liberador. Todo lo contrario. No hay que ser muy inteligente para atisbar las intenciones espurias del presidente de EE.UU. Después del ataque de junio pasado Irán estaba altamente debilitada en su potencial nuclear. Recordemos que, en junio de 2025, utilizando nuestras bases, se llevó a cabo la primera inmersión en Irán y se debilitó al régimen. Trump ha violado el derecho internacional y ha obviado al Congreso americano que es el único que puede activar la intervención.

Por otra parte, se ha asesinado a uno de los líderes de un régimen brutal e inhumano. Recordemos que la ONU ha documentado asesinatos, torturas y desapariciones forzadas, sobre todo hacia las mujeres y las minorías. No olvidemos que se cuelga a los homosexuales en grúas en las plazas públicas como advertencia y que los hombres pueden casarse con niñas a partir de 9 años. ¿Seguimos? Las protestas del último año protagonizado por mujeres que reclamaban sus derechos para elegir la vida que deseen, se ha saldado con 38.000 asesinatos, alentados y jaleados por Jamenei.

¿Es moral, por tanto, atentar contra aquel tirano que viola las leyes y masacra a sus conciudadanos? Esta pregunta, difícil de responder, cuestiona el papel de Europa y de Occidente en el mundo cuando tragamos con todo sin apenas pestañear. Trump ha abierto la caja de pandora en relación con la legitimidad expansionista de cualquier potencia militar, pero también, su locura e impostura, nos obligan a hacernos preguntas que creíamos olvidadas bajo el colchón del bienestar y de nuestra inalterable y eterna inmunidad. A partir de ahora, todos somos vulnerables y, en consecuencia, como decía Bonhoeffer, se torna imposible la espera inactiva y la observación silenciosa. Tengámoslo en cuenta.

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