Opinión
Justo antes

Personas paseando por la calle Colón de València con mascarilla en una imagen de archivo. / GERMAN CABALLERO
Produce entre ternura y envidia observar las caras de las personas que están a punto de vivir un momento transcendental y no lo saben. Esos adolescentes enfundados en ropa noventera; esa pareja que, al intentar susurrarse algo, choca con la gorra de él; ese joven de pelo tan rubio como raído que aplaude a golpetazos arrítmicos. Incluso esos dedos desencajados que abren en canal la historia con “About a girl”. Seis meses después Kurt se suicidaba para acabar con todo pero aquella escena que abría el MTV Unplugged de Nueva York sirve para observar un ejemplo de esos momentos que, ingenuos, preceden el tsunami. Como aquel 31 de diciembre de 2019, cuando el mundo celebra el fin de año mientras se constata el primer caso de coronavirus en China. El abismo que es ya presente pero se desconoce, por lo que prorrumpe entre risas y confeti. Unos 14,9 millones de muertos. La vida que sigue sin saber que se ha detenido en una carretera perdida. Los aficionados que, aquel 22 de junio de 1986, se sentaban pausadamente en sus butacas del Estadio Azteca de la Ciudad de México justo antes del inicio del partido en el que apareció Dios. Lo sustancial descansa en la ilusoria menudencia.
La felicidad es, en exceso, un recuerdo. De hecho, la felicidad plena es concebir la felicidad en presente. Lo otro es nostalgia y frustración, un anhelo ventajista que solo sirve para alimentar la eterna espera. “Una escena del pasado siempre tiene algo de reino separado”, dirá Vila-Matas.
Cobain ha llegado a una de mis estanterías pobladas de libros para recordarme que el momento siempre es ahora, este fogonazo llamado presente que apenas sobrevive a nombrarlo. El silencio de esta escritura, quién sabe qué realidad en su lectura. El momentum. Esa aceleración, esa velocidad, esa fuerza. Ortega y Gasset exige poner el acento “sobre lo momentáneo, que, precisamente por tratarse de algo efímero, en ocasiones se pasa por alto”.
Tendemos a olvidar, con insultante facilidad, el fogonazo del inicio, de ese presente. El amor visceral del comienzo, ese que mueve mundos y exige movimiento. Ese olvido explica el extractivismo capitalista, el consumo innegociable que está acabando con el planeta. Ese olvido es una traición, a uno mismo y a las horas invertidas en conseguir y cuidar lo que tenemos. Valoremos el ahora más inmediato. En segundos puede abrirse el mundo en canal.
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