Opinión | Bolos
El aval definitivo al Puerto de València
El Tribunal Supremo rechaza el último recurso contra el Plan Especial de la ZAL del Puerto de València, poniendo fin a siete años de debate vecinal y litigios

Vista aérea de la Zona de Actividades Logísticas, en una imagen de archivo. / Levante-EMV
Tras siete años de intenso debate vecinal, el Tribunal Supremo ha inadmitido el último recurso de casación contra el Plan Especial de la ZAL del Puerto de València y, en una resolución firme, ha rechazado que exista interés casacional. El largo viacrucis portuario llega así a su final.
El Puerto es nuestra principal potencia económica desde el siglo XV. Hablar del Puerto es hablar de comercio, exportación, empleo, industria, logística, empresa y conexión con el mundo, como entendieron muy bien aquellos mercaderes que levantaron La Lonja, el edificio civil más importante de una ciudad que ya miraba al mar como una prioridad absoluta y que dejó la catedral a medio hacer. Esa es una de las pocas certezas estructurales sobre las que esta tierra puede construir un crecimiento autónomo. Muchas veces nos llenamos la boca con la competitividad, con la internacionalización y con la economía productiva, pero al mismo tiempo toleramos que una infraestructura clave viva atrapada en maniobras dilatorias.
Durante demasiado tiempo, una parte del debate público ha preferido tratar cualquier avance vinculado a la Autoridad Portuaria de València (APV) como si fuera sospechoso por definición. Naturalmente, debe haber controles y vigilancia ambiental, legal y urbanística. Por supuesto, toda gran actuación debe estar sometida a exigencia pública. Pero Valenciaport no necesita devotos, sino sentido común, ese que nace de siglos de experiencia. Por eso, no se puede maltratar a nuestro principal motor logístico. Una economía exportadora no puede jugar a la autolimitación.
Esa lección debería quedar aprendida, aunque sé que es mucho pedir. Porque un territorio que quiere prosperar no puede vivir de espaldas a su gran activo. No puede penalizar durante años —siete, en este caso— la actividad comercial que sostiene miles de empleos y articula buena parte de su tejido productivo; es decir, buena parte de nuestro bienestar colectivo. No podemos seguir mirándonos el ombligo mientras el mundo se mueve al ritmo de corredores marítimos y cadenas de suministro.
Ahora toca pasar página y asumir la idea sencilla que sin Puerto no hay una economía valenciana fuerte. El Puerto no era el problema. El problema era la incapacidad de asumirlo.
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