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Opinión | Metropol

El bus alemán

Uno de los buses turísticos del Cap i Casal

Uno de los buses turísticos del Cap i Casal

La noche posterior a la cremà di un paseo por la plaza del Ayuntamiento. Estaba completamente vacía, salvo por un borracho que se movía a trompicones y rebotaba contra paredes invisibles bajo la estatua de Vinatea, como una mosca atrapada en una lata de cerveza. Supongo que después de dos semanas de fiesta el tipo seguía emocionalmente en las Fallas, algo así como le ha ocurrido a la prensa, encallada en el largo epílogo de la tasa turística, que morirá pronto porque el Consell ya ha echado agua a las brasas.

Si llegara a aplicarse, la tasa debería recaer inicialmente sobre el turista alemán, obsequiado en València con un viaje en el tiempo. Uno de los buses turísticos del Cap i Casal fue empleado por la Berliner Verkehrsbetriebe —principal empresa de transporte público de la capital alemana— entre 1979 y 1993; diez años antes de la caída del Muro de Berlín este vehículo ya recorría el epicentro de la Guerra Fría. Más tarde, a partir de 1995, el mismo bus operó en Munich, y en 2001 se mudó a València hasta 2004, que emprendió rumbo a Sevilla. Finalmente, el autobús volvió en 2012 y desde entonces no ha parado de prestar servicio aquí.

Es uno de mis fetiches en València, un monumento a la coentor. Sus caras laterales están atravesadas por varias gamas de verde sobre las que aparecen pintados el Palau de les Arts, el Mercado Central, un gorila, dos delfines, una fallera bizca y el Micalet inclinado como la Torre de Pisa. Cuando lo veo pasar se me viene a la cabeza la imagen de un animal salvaje transitando una carretera secundaria, fuera de su hábitat. Cualquier día me lo encuentro pastando en el jardín del Turia. 

Me hace gracia el bus y me parece que encaja bien en una ciudad donde se reabre cíclicamente un debate superado en otros sitios como Barcelona, Palermo o Niza. Las paellas fluorescentes que dan de cenar a los turistas en la calle Ribera, ¿acaso no merecen un diezmo? Desde luego, pero no se recauda porque el PP tiene una relación complicada con los impuestos y el turismo: aunque Visit Valencia presume de pescar turistas de calidad en EEUU —el clasismo está aceptado en el sector—, Mister Marshall tiene todas las facilidades para ahorrarse la calderilla por pernoctación.

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