Opinión
Cofrades de la Edad Media
Todas las explicaciones de los cofrades apuntan a esa eterna doble moral que postula que las mujeres puedan ayudar, pero no participar con plenos derechos

Domingo de Ramos en Sagunt. / Kivi Osma
En la novela El nombre de la rosa la mujer aparece como enviada del demonio, como el símbolo del pecado y la perdición. En aquel magnífico relato de Umberto Eco, ambientado en la Edad Media, la irrupción de una fémina en el monasterio desencadenaba todas las tragedias. Ellas debían, por supuesto, permanecer fuera de los recintos religiosos reservados para los hombres. Ahora bien, las mujeres se encargaban de las tareas auxiliares en el exterior al servicio de los poderosos, frailes incluidos. Eran las campesinas quienes cuidaban los cultivos y los ganados, atendían a niños y ancianos y asumían los duros trabajos domésticos. Entretanto, los hombres se dedicaban a guerrear o a rezar.
Han pasado siglos, pero aunque parezca mentira todavía algunos apelan a la tradición, -¿a qué tradición, a la Inquisición, a la quema de herejes en la hoguera?- para justificar que la mujer quede excluida de una cofradía de Sagunt, la de la Sang del Nostre Senyor Jesucrist. Y todas las explicaciones de esos cofrades, con unos uniformes que recuerdan a los alumnos de colegios de élite, apuntan a esa eterna doble moral que postula que las mujeres puedan ayudar (¿a limpiar la ermita quizá? ¿a vestir a sus padres, hermanos o maridos?), pero no participar con plenos derechos en la Semana Santa. Mientras, ¿cómo no?, el arzobispado de Valencia se pone de perfil y alega que respeta la autonomía de la cofradía y sus medievales estatutos. Tal vez la jerarquía no se ha enterado todavía del mandato de igualdad de la Constitución o ni siquiera de los principios de la Revolución francesa. “Las mujeres son las que sostienen la fiesta y ellos la lucen”, manifestaba una saguntina a las puertas de la ermita. Como en la Edad Media.
La vergonzosa votación de los cofrades saguntinos se enmarca, además, en una ofensiva creciente contra los derechos de la mujer que se ha reforzado en los últimos tiempos entre algunos sectores juveniles. Un reciente y riguroso estudio ha revelado que algo más de la mitad de los varones entre 15 y 29 años considera el avance del feminismo como “una herramienta de manipulación política y adoctrinamiento”, un porcentaje que se ha doblado en cinco años. Como botón de muestra, habrá que reseñar con asombro que el porcentaje de cofrades contrarios a la participación de las mujeres ha aumentado con respecto a votaciones anteriores. Es decir, que ya parece una seria amenaza que la sociedad ha sufrido una grave regresión en sus valores democráticos.
“¿Qué hemos hecho mal como sociedad para que las nuevas generaciones sean más machistas que las anteriores?" se preguntaba públicamente una señora saguntina. Tal vez la clave resida en una indignante falta de pedagogía democrática en las últimas décadas. Porque una mayoría de jóvenes ignora que sus bisabuelas lograron el voto y la igualdad jurídica en la República; que sus abuelas fueron discriminadas en la dictadura y eran poco más que ciudadanas de segunda; que sus madres lucharon por sus derechos contra una dictadura y, en definitiva, que las conquistas de las mujeres no cayeron ni caen del cielo. Se ganan, pues, con la lucha. Como siempre contra arzobispos y cofrades anclados en la Edad Media y amparados en un ofensivo concepto de la tradición.
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