Opinión | Quilombo
Pasado y presente
Samuel Huntington advertía en los años 90 que el choque entre civilizaciones no sería por ideología o propuestas económicas sino por diferencias culturales y religiosas y ellas serían la causa de las crisis de la democracia en Occidente

El magnate tecnológico Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Meta, junto al presidente estadounidense Donald Trump. / Will Oliver / EFE
De manera recurrente, la mentalidad popular tiende a equiparar acontecimientos actuales con sucesos históricos, adaptando términos y conceptos de otras épocas para dotar de significado a las situaciones contemporáneas. Una persona autoritaria, por ejemplo, que antepone la seguridad a los derechos civiles y políticos y promueve leyes que restringen libertades admitidas legalmente suele ser tachada de fascista. También se establecen paralelismos con el pasado cuando el Estado promueve políticas de mayor control policial o normas restrictivas sobre determinados colectivos considerados problemáticos, distorsionadores de lo que considera que debe admitirse en una sociedad, empleando incluso la violencia. Todo ello afecta, principalmente, a los emigrantes de culturas distintas mezclándose, además, con prejuicios racistas hacia los antiguos y nuevos incorporados.
En los estudios históricos también se recurre con frecuencia a comparar hechos actuales con otros del pasado. Buscando explicaciones mediante paralelismos que parecen repetirse. Esta práctica ha sido habitual en las grandes concepciones de la Historia, aplicadas a las civilizaciones. Desde Toynbee a Fukuyama, pasando por Oswald Spengler o Henry Pirenne, se han propuesto visiones sobre el fin de la Historia, la decadencia de Occidente o la visión analítica de la política o economía de las sociedades. Surgió una especialidad de historia comparada menos global y más metodológica que examina, por ejemplo, cómo distintas administraciones organizan aspectos de sus competencias en educación, justicia, economía, ecología y otras. Existe, además, la tesis de que el desarrollo económico depende de la calidad de las instituciones, lo que requiere una comparación sistemática entre países.
Algunos señalan a la administración de Donald Trump como una deriva hacia el fascismo, idea ya reflejada en la película de Kubrick Teléfono Rojo, volamos hacia Moscú (1964). Se persigue con violencia al emigrante no solo por carecer de permiso de residencia sino también por su aspecto físico, generalmente asociado a lo hispano, o por escasa fluidez en inglés y uso del español. Un teórico como Samuel Huntington advertía en los 90 que el choque entre civilizaciones no sería por ideología o propuestas económicas sino por diferencias culturales y religiosas y ellas serían la causa de las crisis de la democracia en Occidente. En 2004 publicó Quienes somos. Los desafíos de la identidad nacional norteamericana, donde que alertaba sobre la amenaza de la inmigración hispana para la unidad cultural del país. El libro constituye una Biblia para Trump quien intenta frenar el crecimiento de la población hispana con el mantenimiento de sus identidades, al parecer distintas a la de EE UU.
Académicos, periodistas o ensayistas debaten sobre si el término de fascista corresponde a elementos de los años 20-30 o se utiliza solo como un calificativo adaptado a las circunstancias actuales, destacando similitudes con el pasado. Todo ello al margen de grupos, hasta hora marginales, que reivindican explícitamente el fascismo o nazismo, con la utilización de símbolos, publicaciones y locales para implantar un orden basado en ellas. Además, la comparación no se limita al fascismo. Algunos economistas usan el término feudalismo para destacar la tendencia al “neofeudalismo” de plataformas digitales que establecen reglas del mercado por encima de los Estados. Google, Amazon o Apple actúan como señores feudales y resulta difícil controlarlos porque los usuarios son sus vasallos y sus ganancias se asemejan a las rentas feudales más que a las ventas de sus productos en un mercado libre, como el señor feudal con las tierras de sus dominios.
Incluso se comparan épocas del pasado con situaciones contemporáneas. La revolución cubana iniciada en 1959 se asimila al avance del socialismo en el mundo, iniciado con la Revolución Rusa, pese a su fracaso final (1917-1989). Se afirma que China representa la vía socialista al capitalismo. Por otro lado se proclama que la época actual se asemeja a la de la Revolución Francesa, sin especificar a qué periodo concreto se refiere dado que abarcó desde una monarquía constitucional a una República, un imperio como el de Napoleón o el triunfo, de nuevo, de la monarquía absoluta. En 1989, durante la celebración de su segundo centenario se editaron multitud de libros y artículos sobre su significado y el concepto de revolución, pero no se realizaron comparaciones de manera global entre aquella época y la actual. Tal vez porque no resultaba conveniente reproducir, sin una especificación, elementos como los jacobinos, girondinos, el terror de Robespierre, la figura de Talleyrand o el expansionismo napoleónico. ¿A qué Rey le cortarán la cabeza? ¿Quién será el nuevo Napoleón? Está bien para una tertulia informal pero no parece apropiado en quien tiene, supuestamente, oficio de intelectual público.
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