Opinión | Traspapelado
Tu Singapur es el nuestro
Singapur son los mismos sueños nacidos entre acequias llenas de tarquín. Lo que entonces no sabíamos es que todo iba a ser dinero, que todo iba a ser cuestión de transacciones, que la primera mercancía serían nuestras horas

Alfons Cervera, en la presentación en València de 'Singapur'. / JM LOPEZ
Sabes, Alfons, cada uno de los de mi generación lleva su Singapur dentro. Muchos (diría que la mayoría) de los de mi generación crecimos en descampados, en un ambiente muy parecido al que transpira tu última novela. Tu Singapur es el nuestro, aunque no sea el mismo. Singapur son los mismos sueños nacidos entre acequias llenas de tarquín, una de esas palabras que se fue como la infancia. Sí, porque “así son los sueños. Lo que hay detrás no se parece mucho a lo que imaginamos antes de emprender el viaje”. Navegamos hacia Singapur con Tom Waits y acabamos en El Perelló en el mismo cine de sesión doble de nuestro barrio. Lo que entonces no sabíamos es que todo iba a ser dinero, que todo iba a ser cuestión de transacciones, que la primera mercancía serían nuestras horas. Solo se trata de sobrevivir. Eso sí que empezamos a intuirlo con las bolsas de benzol que los más desventurados se llevaban a las narices en las esquinas del patio del colegio. Con las primeras jeringuillas en las oliveras que nos servían de campo de fútbol y que eran el rastro (entonces no lo sabíamos) de tantos nombres perdidos antes de tiempo. Con los primeros desalientos en aquellas discotecas desabridas de barrio que se llenaban de calor cuando al final de la noche entraba por fin la música lenta. En mi barrio eran Scorpio o Zambo, pequeños garitos donde todo el mundo se conocía, las chicas pagaban menos e incluso entraban gratis (¿discriminación positiva?) y no te pedían carné. Nuestro límite vital era un grupo de pisos sociales nuevos bautizado por el populacho con un nombre chino donde decían que metían a burros en los balcones y salían expediciones a veces al barrio en busca de unas monedas sueltas en los bolsillos. Eso decían los críticos con la redistribución quinqui de la riqueza. Nuestro Singapur era un mentolado los fines de semana entre bolsas de pipas en el pretil desgastado de San Roque. Si la semana iba mal, un celta corto. Creo que ahí aprendí a odiar el tabaco para siempre. Nuestro Singapur se desplegaba también, sí Alfons, en esas novelitas de páginas amarillentas que cambiábamos por diez pesetas en el quiosco de una plaza que no tenía nombre, porque no lo merecía posiblemente. Ya sé que tú prefieres las de Silver Kane (Ledesma). Yo me quedé con las de Marcial Lafuente e Isaac Asimov. Cada uno de mi generación lleva su Singapur, “porque no podemos olvidarlo todo”.
Cosas de la vida. El barrio del Singapur de Alfons es hoy mi barrio, pero es otro barrio. Hay descampados, sí, aunque muchos menos. Hay huerta resistente frente al ladrillo avasallador. Hay mala vida. Puta vida. Todo es parecido y es distinto, pero ¿sabes, Alfons?, el Singapur de los chicos de hoy creo que no es tan diferente, aunque no les espere Lola en un Ford Fiesta destartalado.
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