Opinión
Islandia
Sabiendo sortear siempre el abismo del impudor, Vilas nos habla del fin de su segundo matrimonio, y a partir de él urde una ‘nivola’ sobre el amor y el desamor, sobre la sexualidad como motor de nuestra vida, sobre la culpa y la alegría de estar vivos, sobre el paso del tiempo, sobre la necesidad de la escritura como medicina para el cuerpo y el alma

Manuel Vilas presenta su último novela "Islandia". / EFE/David Borrat
Manuel Vilas lleva toda una vida literaria fabulando sobre la intimidad, sobre las muchas formas de hacer literatura a costa de la propia vida. A veces con un poco más de encubrimiento, a veces con una mayor vocación de autobiografismo. Este género de escritura del yo algunos la han llamado «autoficción», aunque creo que es tan antigua como la misma literatura. En realidad, la historia del arte puede observarse como una larga conversación autobiográfica, mantenida por los artistas y los espectadores, mediante diferentes lenguajes.
Desde España (que tanto gustó a Juan Goytisolo), hasta su última novela, Islandia (Editorial Destino, 2026), pasando por su trilogía Aire nuestro, Los inmortales y El luminoso regalo, y su aclamada Ordesa, Vilas ha ido profundizando, como suelen hacer los mejores escritores, en sus temas y obsesiones de siempre: la sombra de sus padres, la mirada ácida sobre España, el amor, el erotismo, la conciencia de clase por sus orígenes modestos, la literatura como tabla de salvación, el paso del tiempo. En toda su obra -tanto la poética como la narrativa narrativa-, se levanta un homenaje entusiasta a la realidad, al mundo, un canto agradecido y doliente a las cosas y personas que acompañan al autor.
Islandia significa otra vuelta de tuerca en ese empeño de literaturizar la propia vida y de teñir de autobiografismo la realidad. Si hay algo peligroso para el sano funcionamiento de la vida en el planeta, junto con el acto de enseñar a los amigos el álbum de fotos y las grabaciones de la propia boda, es la voluntad de contar a los demás nuestro divorcio, porque lo más normal es acabar convirtiéndolo todo en una murga insoportable. Vilas ya nos habló en Ordesa de su primer divorcio, y ahora lo hace de su segundo en Islandia, y en ambos casos ha conseguido hacer alta literatura con la experiencia íntima.
Sabiendo sortear siempre el abismo del impudor, Vilas nos habla del fin de su segundo matrimonio, y a partir de él urde una ‘nivola’ sobre el amor y el desamor, sobre la sexualidad como motor de nuestra vida, sobre la culpa y la alegría de estar vivos, sobre el paso del tiempo, sobre la necesidad de la escritura como medicina para el cuerpo y el alma. Y lo hace con la brillantez acostumbrada de su fraseo, repleto de hallazgos narrativos, de asociaciones ingeniosas, de hipérboles humorísticas: Vilas químicamente puro.
Islandia es, sobre todo, un excelente homenaje a la literatura como instrumento sanador, como herramienta para intentar salvar del olvido todo lo que está destinado a desaparecer.
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